Corría la víspera de San Fermín del año 2007. Hacía mes y medio que el PSPV había sido arrasado por cuarta vez por el PP, que le sacó 18,3 puntos, y el líder socialista, Ignasi Pla, era un político terminal, con respiración asistida prestada por un José Blanco, que timoneaba el relevo por consenso. En Madrid, Zapatero llamó a Sevilla a Moncloa para comunicarle su destitución. Aquella charla dio pie a uno de los mayores enigmas del socialismo contemporáneo. ¿Le encargó el presidente que fuera el Moisés del PSPV? Así lo vendió Sevilla. Zapatero abonó la hipótesis cuando corroboró que sería un buen líder del PSPV. El ex ministro, ajeno a la vida de partido, se echó a la carretera aquel verano para predicar que urgía un congreso extraordinario. Su enemigo íntimo Blanco construyó con la dirección amortizada del PSPV un muro para cortarle el paso. El 80% del partido descartó, en un comité nacional, el congreso por la vía rápida. Todos, salvo Sevilla, querían ganar tiempo. El ex ministro no llegó ni a presentar su candidatura. Se le anticipó el hoy líder del partido, Jorge Alarte, un caluroso 11 de julio. Sevilla se fue apartando. Y, con el recuento de las generales de marzo de 2008 aún caliente, proclamó en su blog: "No seré yo, no optaré" a dirigir el PSPV. "No he sido capaz de mover las oxidadas palancas de cambio del cambio del partido", lamentó.