FRANCESC ARABÍ VALENCIA
"Menudo impertinente". El comentario, sobre el entonces ministro Jordi Sevilla, lo hizo por lo bajini un dirigente económico valenciano durante una entrega de premios en marzo de 2005. Al recoger el galardón, Sevilla subrayó que a otro de los premiados, el presidente de Bancaja, José Luis Olivas, le había tocado la lotería por haber sido designado en la entidad nada más dejar la jefatura del Consell. "A ver si a mí me cae algo cuando deje de ser ministro", bromeó para indignación de unos cuantos que no entendieron su estilo de versionar la crítica política. Aliñada con un toque de sorna y un punto de acidez que ha provocado indigestiones en su propio partido.
Porque Jordi Sevilla Segura está poseído, pese a esas hechuras de ejecutivo de la City londinense, por el influjo incendiario de haber nacido en el valenciano barrio de Russafa el día de Sant Josep. Mañana cumplirá 54 años. Lo ha celebrado por todo lo alto. Con un recado al presidente Zapatero, el que lo nombró ministro en 2004 y el que lo destituyó tres años después. "Zapatero no se fía ni de su mujer", ha soltado el hoy directivo de PricewaterhouseCoopers en España a la revista Vanity Fair. En la entrevista da un repaso a la gestión económica de un Gobierno que se pierde en "el regate corto y el predominio de la lógica partidista". El intento de retrasar la jubilación hasta los 67 es "cortedad de miras" y la posible ampliación del IVA "no corrige nada". En su blog personal, augura que la medida abonaría el fraude y retraería el consumo. El gran error de su ex jefe Zapatero ha sido, sostiene, negar la evidencia de la crisis. Como corolario a la carga de profundidad ha pronosticado cambios en el Ejecutivo antes de que acabe la presidencia española de la UE. "Todos dicen que María Teresa [Fernández de la Vega] se va, incluso ella misma; desde luego ha hecho una magnífica labor", deslizó, antes acusar al presidente de "castigar con el olvido" a los que un día fueron sus colaboradores.
Lo dice uno de los ilustres del grupo Nueva Vía que, en el verano de 2000, aupó a Zapatero a la victoria en el congreso del PSOE por 9 votos. Casi todos aquellos (Jesús Caldera, Juan Fernando López Aguilar, Álvaro Cuesta o el propio Sevilla) han sido aparcados por su otrora patrocinado, como dijo alguien, en la vía muerta, cuando no se han suicidado,como el "fontanero" José Luis Balbás, apoderado del grupo en aquel recuento de votos. Puede que el presidente entienda que en política, como en la vida, tener a la vista al acreedor es un insoportable recordatorio de hipotecas pendientes. Si de casi todos resulta complicado arrancar hoy un elogio al titular de la Moncloa, en el caso de Sevilla esa disensión es atronadora. Un alto dirigente del PSPV le reprocha que respira "por la herida". "Al contrario que Rodríguez Ibarra o Bono, nunca criticó a Zapatero cuando estaba en primera fila", sostiene. Alguien que lo conoce bien apunta, en cambio, que el dos veces cabeza de lista en las generales por Castelló (en 2000 y 2004) es un adicto a practicar la libertad de expresión, que a menudo suele evocar. Traza opiniones y apuntes en el aire que en ocasiones han retratado a un político manco de la mano izquierda.
Por ejemplo, cuando anunció en el Foro Nueva Economía, ante la flor y nata del empresariado y la plana mayor de su partido, que en la candidatura a la Alcaldía de Valencia habría una "sorpresa". Era septiembre de 2005. Veinte meses antes de los comicios, había dinamitado al portavoz municipal de su partido, Rafael Rubio. La candidata en 2007 fue Carmen Alborch.
Dos tardes de clases a Zapatero
El licenciado en Económicas, el asesor de relaciones económicas internacionales del gabinete de Felipe González (1985 -1991), el jefe de gabinete de Pedro Solbes en Agricultura y Economía (1991-96) y el asesor socialista del Congreso (1998-2000), le susurró a su amigo José Luis que en "dos tardes" le explicaba la diferencia entre progresivo y regresivo en materia tributaria. El micrófono traicionero quedó abierto en ese acto y España se enteró de su vocación pedagógica.
Sus detractores subrayan que el episodio retrata a un personaje preñado de soberbia. A un altanero que se cree el más listo de la clase. De entrada da esa apariencia, pero este presunto tecnócrata, experto como pocos en economía y en organización territorial del Estado (su libro "Vertebrando España. El Estado autonómico", en coautoría con José María Vidal, lo atestigua) se revela en la distancia corta como una persona afable. Muy comunicador, pero, especialmente, un gran aficionado a escuchar. Y ya se sabe que esta virtud no suele adornar a los adictos al espejo, un edulcorador de egos que suele cobrarse infinitamente más víctimas entre los políticos que la corrupción y los procesos de renovación de cargos.
Como ministro de Administraciones Públicas, Sevilla demostró temple y capacidad negociadora en las reformas estatutarias de Andalucía, Valencia, Aragón, Baleares y, con más roces, la catalana. El mismo que, en su versión libre, soltó en un discurso en Alicante dijo que el PSPV no podía sustituir el esquema de reparto de poder entre las familias por "la familia". Fue un dardo lanzado a la yugular del ex presidente valenciano, Joan Lerma, quien, tras la dimisión del anterior secretario general socialista, Ignasi Pla, había sido nombrado jefe de la gestora del partido hasta el congreso de septiembre de 2008.
Igual que López Aguilar, Sevilla confió en volver a ser ministro, tras su destitución en 2007. No le tocó el gordo y renunció a la pedrea de presidir la comisión parlamentaria de Defensa. El pasado 1 de septiembre puso fin a su exilio interior y dejó el acta. Lo fichó PricewaterhouseCoopers, al mes de acabar el plazo de incompatibilidad como ex ministro. Desde esa atalaya se da el capricho de decir lo que le viene en gana.