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Ayódar sobrevive a la despoblación

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L'Alt Millars. A apenas 30 minutos de Castelló y en plena Serra d'Espadà, Ayódar recibe a los visitantes con la gentileza propia de los pueblos del interior, que han despedido en las últimas décadas a parte de sus vecinos. Muchos han optado por marcharse en búsqueda de oportunidades laborales. Ahora, Ayódar lucha por mantener su escuela.

SARA RÍOS CASTELLÓ
El verano está dando ya sus últimos coletazos y los niños apuran correteando con los amigos el final de las vacaciones. En pueblos, como Ayódar, los más pequeños pueden jugar en las calles sin que sus padres o abuelos se intranquilicen por si pasan coches o viene un desconocido. Allí todos se conocen, los 230 vecinos censados y aquellos que deciden en vacaciones volver al pueblo, que abandonaron buscando nuevas oportunidades.
A pesar de que muchos desconocen donde está situado, estos días Ayódar está en la mente de todos, después de que el alcalde iniciara una cruzada para lograr que una familia con hijos se instalara en el municipio y llegasen a tener cinco alumnos en el colegio, que es el mínimo que marca la Conselleria de Educación para mantener abierto un Colegio Rural Agrupado. El final ha sido feliz. Por un lado, la conselleria mantiene el colegio aunque haya sólo tres niños y, por otra, una familia de la Vall d'Uixó con dos hijas serán los nuevos vecinos.
Las buenas noticias no dejan de lado el continuo peligro de despoblación que sufren las comarcas del interior de Castelló. Los ayorenses reivindican los mismos servicios públicos que las localidades vecinas.
La carretera CV-205, con un importante tramo de curvas, comunica la capital de la Plana con Ayódar. Detrás han quedado Onda, Artesa, Tales y Sueras. En este pueblo de l' Alt Millars es imposible salir a la calle sin saludar, hablar de las últimas novedades e interesarse por aquellos que ya están muy mayores. Es el trato personal y cercano que tan lejos ha quedado en la vida urbana.
Son las 17:00 horas y en las calles se respira gran tranquilidad, en la plaza todavía están las barreras de las fiestas de agosto y se oyen risas y murmullos a pocos metros. Allí se encuentra uno de los dos bares del municipio, donde los más mayores juegan al dominó, unas amigas se toman el café de la tarde y dos jóvenes planean los últimos días del verano.

Vecinos
Faustino observa las fichas del dominó, pero opta por no jugar. Este vecino de les Alqueries decidió, tras fallecer su mujer, trasladarse al pueblo en el que siempre habían veraneado. "Encontré tranquilidad, además ahora tengo pareja aquí", señala este jubilado.
Ese sosiego que se respira es lo que mueve a Yolanda y a Elena a escaparse en vacaciones y todos los fines de semana desde Onda, donde residen habitualmente. Yolanda cuenta cómo sus padres tuvieron que marcharse de Ayódar a Onda en 1976 porque la escuela cerró. "La última niña que había era yo y cerraron la escuela. Años después la abrieron, y por eso es importante que no cierren el colegio porque sino la gente se irá", señala esta vecina. Su amiga Elena se enamoró de Ayódar cuando conoció a su marido, que vivía allí. Entonces dejó Barcelona y se trasladó hasta la comarca.
Ayódar ofrece grandes contrastes. En las plazoletas los más mayores descansan, ataviados con sus gayatos, mientras dos jóvenes, Oriol y Rubén, han decidido salir a pegar una vuelta. Oriol tiene 26 años y es de Barcelona, veranea a escasos kilómetros en Fuentes de Ayódar, pero siempre baja a hacerse el café con los amigos. "Mi abuelo es de aquí y venimos toda la vida, siempre intento que las vacaciones coincidan con las fiestas", apunta Oriol.
Rubén es de Onda y defiende la necesidad de que los pueblos del interior cuenten con servicios, como la escuela "porque da vida a Ayódar".

La farmacia y el ultramarinos dan servicio a los vecinos

La progresiva despoblación es la gran amenaza para la pervivencia de pueblos como Ayódar, que intentan mirar al futuro con esperanza. A pesar de la crisis, en la carretera principal del pueblo un grupo de obreros ultima la construcción de 12 dúplex "rurales con encanto". Enfrente de estas nuevas viviendas está la farmacia. El farmacéutico, Néstor Font, señala que todavía faltan algunos por vender y comenta que piden unos 130.000 euros. "Llevo cinco años aquí en la farmacia, estoy muy bien y no cambio esto para volver a la ciudad", señala este castellonense, que recuerda que el médico pasa consulta todos los días de lunes a viernes.
A escasos metros está la tienda de ultramarinos regentada por Encarna. Está repleta de clientes "porque es jueves y me traen la carne y el embutido desde San Vicente de Piedrahita y la gente, como lo sabe, viene a comprar el género fresco", cuenta Encarna, mientras no deja de filetear un pieza de ternera. A nivel económico, la llegada de veraneantes se nota, ya que aumenta la actividad, "pero el invierno es muy duro. Sólo que nos deje para comer es suficiente". s. ríos castelló

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