Duelo en primera plana entre el catedrático y el general Primo de Rivera

 
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R. MONTANER
El enfrentamiento entre el general Primo de Rivera y el filósofo Miguel de Unamuno que acabó con la detención y destierro a Fuerteventura de este último en febrero de 1924, bien pudo haberse iniciado cinco años antes cuando ambos se enzarzaron en un duelo dialéctico en la portada de El Mercantil Valenciano a propósito de los tribunales de honor en el ejército.
La polémica arrancó el 10 de diciembre de 1919, cuando el profesor firmó en primera plana el artículo «El ejército no es un casino». En él denunciaba el proceso abierto en base al código de honor militar para expulsar del ejército a 25 alumnos de la Escuela de Guerra por discrepar de los ideales de sus superiores.
El exrector cargaba contra el entonces capitán general de Valencia, a quien se refería con sorna como «Primo de Rivera junior», por unas declaraciones en las que éste consideraba dicho tribunal de honor «como un pleito privativo y exclusivo del arma de infantería, y que es como si en una sociedad de recreo, en un casino, vamos a decir, se les echa bola negra a unos socios cuya expulsión se propone». «¡Qué barbaridad!», apuntaba antes de aseverar que el «código del honor militar, si no se supedita a los principios de la justicia civil, que es la justicia común para todos, no es más que barbarie».

El caso Dreyfus español
Unamuno comparaba este tribunal de honor con el caso Dreyfus— el consejo de guerra al que fue sometido un capitán francés acusado injustamente de espionaje solo por ser judío— denunciado por el escritor Émile Zola en 1898.
Primo de Rivera replicó en una «carta abierta» al director del rotativo valenciano en la que afirmaba que recurría a esta via «porque no habría gallardía en destemplanzas que no pudieran conducir al riesgo de tener que sostenerlas en un terreno que de antemano supongo que el señor Unamuno rechazará», en referencia a un lance de honor.
El líder del golpe de 1923 y la posterior dictadura aceptada por Alfonso XIII, aseguraba que sus declaraciones se habían malinterpretado al ser recogidas «en la puerta del Palacio Real, al filo de la medianoche de una bien fría de diciembre, y acentúo esto para justificar que no era ocasión ni hora de profundizar mucho en el problema sobre el que se me interrogaba».
Unamuno contestó en un segundo artículo en el que afina sus dotes literarias: «Trata el señor Primo de Rivera de explicar los conceptos que le atribuí, y acaso más por mis malas entendederas que no por sus explicaderas, me he quedado más a oscuras que estaba al respecto». Tras su destierro, el catedrático se exilio en Francia hasta que en 1930, con la caída del dictador, se restableció la libertad de expresión.

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