Treinta años de la ley de normalización del valenciano

Generación ´Llei d´Ús´

Una maestra, un cantante en valenciano y un estudiante universitario, nacidos el mismo año que se aprobó la Llei d´Ús i Ensenyament del Valencià, reflejan la normalización lingüística alcanzada y los obstáculos que quedan por superar

30.11.2013 | 01:52
El cantante de Orxata Sound System que canta en valenciano porque es lo natural.
El cantante de Orxata Sound System que canta en valenciano porque es lo natural.

Después de tres siglos de castellanización oficial y cuatro décadas de marginación y persecución lingüística, el 23 de noviembre de 1983 entró en vigor la Llei d´Ús i Ensenyament del Valencià, el marco legal que impulsó la normalización de la lengua propia. Treinta años después, los cambios han sido históricos. Jordi, cantante en valenciano; Anna, maestra en lengua propia, y Pep, estudiante y camarero, los tres nacidos aquel 1983, personifican la transformación.

­Han transcurrido treinta años de la Llei d’Ús. Pero, sobre todo, ha pasado una generación de personas. El uso culto y oficial de la lengua de Estellés ha avanzado a niveles nunca vistos desde el siglo XVIII iniciado con la desfeta de Almansa. La preocupación se centra en el uso popular de la llengua en grandes urbes como Valencia, Alicante o Elx y sus conurbaciones, donde aun así el conocimiento pasivo —lo entienden pero no lo hablan— ha despegado gracias a la enseñanza y, en menor medida, a un cuarto de siglo de Canal 9.

La educación, con sus lagunas en secundaria y la universidad por falta de líneas que satisfagan la demanda, ha sido el gran éxito. La mitad de los alumnos de la etapa obligatoria estudia todas las asignaturas en valenciano. Son uno de cada tres estudiantes desde infantil a bachillerato, 235.000 en total: más del triple que hace dos décadas. Ha habido más ensenyament que ús, y reiteradas críticas desde los sectores más comprometidos con la normalización por el desigual desarrollo de la ley. Pero ya hay una generación formada bajo el manto de la Llei d’Ús. Son jóvenes nacidos hace treinta años. Como Jordi, Anna y Pep.

El «cantant». No hay ninguna duda: junto al desembarco del valenciano en las aulas, el otro gran fenómeno cultural experimentado por la llengua en las tres últimas décadas ha sido el boom de la música en valenciano. Si antes de 1983 solo eran unas islas de la Nova Cançó capitaneadas por tótems como Raimon, Ovidi Montllor, Al Tall o Paco Muñoz, la explosión de la música en valenciano es un claro hijo de la Llei d’Ús. Nadie niega que la bandera fue Obrint Pas, el grupo de Benimaclet forjado hace 20 años y que, con su mezcla de rock, ska, hardcore, reggae y aires de música tradicional valenciana y una dolçaina cañera, cruzó fronteras y se convirtió en fenómeno de masas. Hizo cantar en valenciano hasta a los japoneses, que editaron discos suyos. Su último disco, Coratge, llegó al puesto 12 de la lista de ventas de toda España. Hoy, según las estimaciones del Col·lectiu Ovidi Montllor, hay más de doscientos grupos de música y solistas que se expresan en valenciano, un centenar de los cuales se dedica profesionalmente a ello y ha grabado discos. Y uno de los referentes es el grupo Orxata Sound System, cuyo cantante Jordi Palau nació en 1983, como la Llei d’Ús.

Para hablar de Orxata, como sucede con la pléyade de grupos musicales recientes, lo primero es olvidarse de tópicos. No hacen del valenciano su leitmotiv ni sus canciones giran en torno al nacionalismo, la lengua o la cultura. Se ha abierto el espectro ideológico. ¿Y por qué Orxata canta en valenciano? «La pregunta, más bien, debería ser por qué no», responde Jordi Palau, de Meliana, en toda una lección de cómo han cambiado los paradigmas para la generación escolarizada en valenciano. «Mi madre y mi iaia me cantaban en valenciano canciones de pascua, nadales o cançons de bressol. En los scouts cantábamos en valenciano. En el coro, los grandes festivales los preparábamos con canciones en valenciano. Así que he cantado muy poco en español. Lo natural era hacerlo en valenciano», contesta la voz de Orxata.

Su grupo tiene más de un millón de visitas en Youtube y cerrará el año con 70 conciertos. Asegura que en Zaragoza, Madrid o Galicia han visto a multitudes cantar sus canciones en valenciano. «Cuando ves que la gente de fuera trata esta música con normalidad ves que esto funciona. Y ese ha sido el gran cambio: hacer que la gente castellanohablante escuche música en valenciano y vaya a sus conciertos. Antes no pasaba», destaca.

Él es hijo de la Llei d’Ús. Además, en un contexto comprometido. Siempre fue alumno de la línia en valencià. Desde los tres años, cuando la escoleta de Meliana la llevaba Mariall, una guerrillera de la lengua que hasta se traducía de forma sui generis su nombre de Mariajo. El mundo de Jordi Palau era todo en valenciano. «Hasta los seis o siete años, yo no tenía conciencia de que existiera otra cosa que el valenciano. El castellano era aquello que se hablaba en la tele y cuando íbamos a Valencia». Por eso recibió un «shock total» al llegar a Madrid y tener que pasar allí tres años —de los siete a los 10— por motivos laborales de su padre. Luego regresó a Meliana. En el IES La Garriguera siguió estudiando en la lengua propia y con referentes valencianos: «Nos daban a leer Ausiàs March, Roís de Corella o Jaume Roig; a nuestros clásicos. Y eso nos llevaría a Estellés o Martí i Pol por nuestra cuenta», dice.

En esa adolescencia explosiva montó el grupo de música Fàstic. «Desde el principio quisimos huir del monoteísmo fusteriano y del mantra de que la música en valenciano había de ser independentista y estar en la órbita maulet. Puede ser que sí, pero puede que no», recalca. Luego, en 2003, fundaron Orxata. Son combativos, pero no metalingüísticos. «Hemos pasado de una cultura de la resistencia contra un enemigo hegemónico, como en el Franquismo o la Transición, a una postura más cómoda de presuponer que lo normal aquí es hablar y cantar en valenciano. La reivindicación del valenciano per se en la música se ha acabado», concluye Jordi Palau.

El «cambrer estudiant». Aquel día otoñal en que las Corts aprobaban la Llei d’Ús i Ensenyament en una sesión extraordinaria celebrada en Alicante, el 19 de noviembre de 1983, nacía Pep Aguado, vecino de Silla. Aunque su hermana había estudiado en las monjas en castellano, él estrenó la escuela en valenciano de Silla. «Recuerdo que éramos muy pocos niños. Una docena, más o menos». La gente todavía no se acababa de fiar.

Poco a poco cambió. A mitad de Primaria, ambos grupos se fusionaron en uno: todos los estudiantes del Verge dels Desemparats aprendían en valenciano. Pep estudió en el instituto en lengua propia. Pero al llegar a la universidad —después de unos años trabajando— ha notado los agujeros negros lingüísticos del sistema educativo. El niño que nació conjuntamente con la Llei d’Ús y que estrenó las líneas en valenciano de su Silla natal ha topado con la universidad. Estudia Comunicación Audiovisual en la Politècnica de Gandia. «Yo estoy matriculado en valenciano, pero como solo hay un grupo y estamos mezclados, los profesores dan clase en castellano casi todas las asignaturas por respeto, por educación o vete a saber por qué. Es un poco triste, como si fuera de segunda hablar en valenciano», señala. Más triste fue la reacción que se topó un día. Él trabaja de camarero los fines de semana. Un día, una clienta le pidió que hablara «en cristiano». Pep tuvo que tragárselo: estaba en el trabajo. «Es lo que hay…», masculla.

La «mestra». Anna Forner, que cumplió los 30 en abril, notó algo raro en los primeros días de curso. Da clases de Infantil en valenciano en una escuela pública de Canet d’en Berenguer, pueblo valencianohablante y catalogado como tal en la Llei d’Ús. Sin embargo, ella notó que muchos niños no la entendían al hablar. Algunos eran hijos de inmigrantes, otros venían del castellanizado Port de Sagunt. «Enseguida tuve que aplicar técnicas de inmersión lingüística y ya se ha notado que me entienden más. Pero deben aprender la lengua. Porque muchos alumnos no tienen ninguna relación con el valenciano fuera de la escuela. Y si no es en el colegio, ¿dónde van a conocer
el valenciano?», interroga.

A Anna le choca esa realidad. Ella nació y se crió en Quartell de les Valls, donde el valenciano es tan corriente como la pilota en su modalidad de galotxa. Anna es un claro ejemplo de la «generación Llei d’Ús», con sus luces y sus sombras: la escuela del pueblo fue de las primeras con línea en valenciano. Luego pasó al instituto de la Vall de Segó y, como eran pocos alumnos, juntaron a los de valenciano con los de castellano. «Siempre luchábamos por recibir las clases en valenciano, pero dependía del profesor», recuerda. Muchas veces perdían la partida.

Dice que el examen de la asignatura de Lengua y literatura castellanas en selectividad fue el último examen que escribió en la lengua de Cervantes, porque la carrera de Magisterio en la UJI de Castelló y la de Psicopedagogía en la Universitat de les Illes Balears las cursó íntegramente en el idioma de Ausiàs March. Dos titulaciones conseguidas sin escribir en español es, sencillamente, algo inimaginable para la anterior generación. Más inimaginable aún para esa pareja de ancianos que un día, en el tren, llamaron a Anna «maleducada» porque les respondió en valenciano a una pregunta suya hecha en español. No era el Transiberiano ni el Expreso de la Robla, sino el rodalies que cruza la Comunitat Valenciana. La nit, como cantaba Raimon, és llarga. Queda camino por recorrer.

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