09 de noviembre de 2015
09.11.2015
Tribuna

Un país de extremos

Este país es pendular. Tendemos a estar siempre en los extremos. Intransigente en política, donde hay que pelear con uñas y dientes para salir de la zanja de rojos o de azules

09.11.2015 | 00:50

Este país es pendular. Tendemos a estar siempre en los extremos. Intransigente en política, donde hay que pelear con uñas y dientes para salir de la zanja de rojos o de azules. La sociedad tiende a no dar crédito a la tolerante centralidad. Piensan que la usas como escudo para la indefinición. Nos lanzamos a lo bestia en todo, sin previsión, sin armonía, con desmesura.

Durante el «boom» del ladrillo vivimos una vez más, una fiebre enloquecida. Ninguno pensó en el largo plazo. Nadie se acordó de reinvertir las ingentes ganancias de la especulación en algo más sólido y más duradero que pudiera servirnos para generar empleo a largo plazo. Nuestras cajas de ahorro repartieron sin constatar la solvencia de los que pedían los créditos, cientos de miles de millones de euros a promotores del sector de la construcción hasta hacerlas quebrar.

La arquitectura popular fue arrasada casi en todas partes. La costa, esquilmada, en muchos lugares, un culto a la fealdad. La agricultura, arrasada, huerta urbanizada o abandonada, sin brújula, sin hoja de ruta para el futuro, abandonada sin más.

Ahora abrimos los ojos, ya sin remedio, y lo que se ve es que el culto al dinero nos ha llevado de nuevos ricos, a nuevos pobres. Observamos absortos el gran estropicio, nuestra absurda y grandilocuente Ciudad de las Artes y las Ciencias, sin ciencia. Nuestras más de cincuenta mil hectáreas de huerta valenciana abandonadas porque alguien decidió que los bancales que habían elaborado pacientemente nuestros agricultores y antepasados, tenían que ser pasto del cemento y declarados «suelo urbanizable».

No crean que les hemos arrebatado poco a las generaciones venideras. El saqueo no tiene parangón. Esa ingente bolsa de suelo rústico constituye el doble del suelo edificado hasta el momento. España en eso también fue desmesurada. Construyó más que Alemania, Francia e Inglaterra juntas. Apartar el muerto en el camino y seguir caminando es una posibilidad. Pero no la de Ciudadanos. Pensamos que hay que recuperar los que es recuperable, todo aquello que no suponga un desembolso de indemnizaciones. Que la mayor parte de ese territorio se rescate, vuelva a ser rústico y deje de ser urbanizable no es una utopía. Es sólo cuestión de voluntad política.

Lo hemos pedido en Les Corts y hemos recibido el apoyo de todos los grupos políticos salvo del PP. ¡Ay, los dirigentes del Partido Popular! Se removían inquietos en sus bancadas cuando exponía nuestra propuesta. Era de esperar. Se sentaron codo con codo con los especuladores? Sentencia, con razón, Juan Goytisolo: «Las generaciones venideras juzgarán como corresponde la codicia de unos y la prepotencia de otros en su miope concepción del progreso, que se ha desvanecido como un espejismo a costa de la destrucción de un paisaje».

Salvar lo que todavía queda por salvar, salvar de la futura especulación urbanística nuestro territorio. Eso sí que es hacer patria, y no una ley electoralista de señas de identidad.

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