08 de marzo de 2016
08.03.2016

Nuestro amigo Toni Asunción

08.03.2016 | 00:07

En el mes de septiembre acortaban los días y se marchitaban los últimos rosales. Paseábamos por el jardín y te detuviste ante una parcela sembrada de césped en cuyo centro se alzaba un hermoso árbol; de pronto te quedaste serio y me dijiste que sería el lugar en que reposaran tus cenizas. Te contesté con un exabrupto y te rogué, te exigí, que no volvieras a pensar en eso. Me abrazaste y te echaste a reír añadiendo un comentario que ya no recuerdo.

La Masía era el puerto seguro al que siempre regresaba el barco de tu vida, el lugar en que no tenía espacio el político ni el empresario y te mostrabas en la mayor dimensión del hombre. Muchos te acompañaron en la travesía de tu vida y tu nombre suscitaba el amor de muchos y el temor de aquellos que nunca alcanzaron a asumir el ejemplo de tu valentía y honestidad; ejercías tu trabajo como si fuera eterno al tiempo que eras consciente de su transitoriedad y no dudaste en abandonar el mayor poder que te fue concedido con una dimisión que no era consecuencia de ninguna responsabilidad sino una decisión generosa para desviar hacia tu persona aquello de los que otros, que no tú, eran responsables. Como hoy me decía un amigo común, fuiste el principio del final de la lucha armada de ETA y sucumbiste a la mezquindad de algunos de tus propios compañeros.

Tanto dolor no logró arañar tu piel; tuvo que ser la enfermedad, agazapada, a la que no pudiste reconocer ni enfrentar, la que escogió el lugar interior que no alcanzarnos a reconocer para minar tu cuerpo y ni siquiera pudo con la lucidez que siempre presidió tus actos y te llevó a plantear el mañana que ya no iba a ser tuyo. Lo aceptabas, lo asumías, pero a veces se anteponía una esperanza ciega y proyectabas los días que tenían que venir. El 12 de julio era tu cumpleaños y esta vez coincidía con la fecha de tu jubilación. Tomaríamos un avión para irnos los tres, Toni Birlanga, tú y yo, a Menorca y allí alquilaríamos un velero para celebrar el fin de tu vida laboral.

Por un tiempo breve volvimos a las velas izadas, a los turnos en el timón, a las conversaciones en la bañera y a los fecundos tiempos del silencio compartido sobre las olas, bajo el azul del cielo que sería nuestro único paisaje; y al hablar se disipó la nube que las últimas semanas ensombrecía tus ojos. Llegaron otros dolores, físicos, insoportables; y otros sufrimientos, sobre todo por esa madre que tanto amaste y que teniendo tantas cosas jamás aceptaría perderte. A tu alrededor pasamos de la fe a la duda y de la duda a la certeza. Te ibas llevándote mucho de quienes te querían y a todos les dejabas algo tuyo.

En este día se ha formado una pequeña nube gris en el cielo; y en la próxima primavera el árbol de tu jardín se alimentará de tu savia. Toni Asunción. Hasta siempre.

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