10 de abril de 2016
10.04.2016
El Barranc de l'Infern

El «siete mil» que lleva al cielo

La ruta perfecta para practicar senderismo, la que no defrauda a ningún excursionista, está en la Vall de Laguar y tiene 14,5 kilómetros de sinuosa senda y 6.873 escalones tallados en la piedra Bordea el espectacular Barranc de l'Infern

10.04.2016 | 00:57
El «siete mil» que lleva al cielo

«Poeta que me guías, mira bien si mi fuerza es suficiente antes de la alta empresa que me fías». El consejo que Virgilio le daba a Dante antes de iniciar el descenso a los infiernos bien vale para adentrarse en el Barranc de l'Infern. Los casi siete mil escalones de la serpenteante senda llevan, eso sí, a la gloria. Esta ruta es la catedral del senderismo.

Todo senderista lleva dentro un peregrino, un místico. La decisión de echar a caminar por la montaña tiene mucho de espiritual. Y más si la geografía y los topónimos acompañan. La ruta del Barranc de l'Infern (PR-V 147) es un ejercicio de superación. Se desciende dos veces al escarpado barranco, a ese cañón excavado a cuchilladas en la roca. El río Girona, cuando baja por esta estrechísima garganta, es violento y afilado. Estas montañas de la Vall de Laguar (lindan también con la Vall d'Ebo) tienen pendientes imposibles. Solo la sabiduría del zigzag permite abrir veredas allí donde todo es abrupto. El angosto barranco remeda la boca del infierno. Pero el excursionista sigue adelante y sube y sube por una senda que acaba en Benimaurell, a más de 700 metros de altitud. Y desde allí, en el cielo de la Marina Alta, se atisban el Montgó y el mar. A ese cielo se llega tras superar casi siete mil escalones (en concreto, 6.873; algún senderista inclinado a las matemáticas los ha contado). Es la distancia, en peldaños, que media entre el infierno y la gloria.

La ruta del Barranc de l'Infern, que es circular y tiene 14,5 kilómetros, se ha ganado el apelativo de catedral del senderismo. Grandiosa, desde luego, es. Y también, como las catedrales o como las pirámides, exhibe un trabajo hercúleo. Es una proeza excavar en la roca un sendero y enlosarlo con casi 7.000 peldaños de piedra. Los agricultores que realizaron tal prodigio para llegar a les Juvees (poblados ahora abandonados) se debieron partir el lomo. Los muros de piedra en seco soportan la zigzagueante senda. Y ese culebreo no es, para nada, improvisado. Se le adivina una arquitectura del camino.

La ruta comienza al poco de salir de Fleix, el segundo pueblecito de la Vall de Laguar (el primero es Campell). Entre cerezos y alguna higuera se llega a la Font Grossa, ahora seca, y al antiguo lavadero. Y ahí arranca ya la senda. El excursionista agradece que esos primeros pasos se den cuesta abajo, con brío. Al poco, se alcanza el Forat, una apertura en la roca que marca la frontera entre el tramo anterior, más tendido, y lo que queda por delante, que ya es todo un sube y baja. La sequía de estos años ha secado el río Ebo (en realidad, era una torrentera). Ha desaparecido el salto de agua, la catarata que dejaba embobado al excursionista en este primer trecho de la ruta. Al poco, se pisa por primera vez el lecho del barranco. Apenas hay tiempo para coger aliento y emprender la primera gran subida. La senda se enfila. Serpentea hasta que, casi arriba, se alcanza un pozo que, por suerte, sí tiene todavía agua. Hay que bombearla. Casi siempre se encuentra aquí a un senderista refrescándose, a un Virgilio que aconseja sobre el largo camino que todavía queda por delante. «Descansa y bebe agua que hasta la Font del Reinós ya no volverás a encontrarla», dice el excursionista. La senda se suaviza en les Juvees d'Enmig. Pero pronto empieza otra vez el descenso al cañón, al tramo de barranco en el que los aficionados al barranquismo se meten en la boca del infierno. Pero ese no es el camino del senderista, a quien le toca volver a subir. La pendiente es ahora, si cabe, más empinada, más agotadora. Les Juvees de Dalt marcan otra cumbre. Luego se medio llanea por el Barranc de Racons para, en la parte final de la ruta, volver a subir en un zigzag interminable. Benimaurell es la meta. Pero la excursión no ha terminado. Hay que callejear por este pequeño pueblecito y por un vial rural, flanqueado de huertas, para regresar a Fleix.

Los 14,5 kilómetros se pueden completar en unas seis horas. Sin prisa pero sin pausa. Parando de tanto en tanto a recuperar el resuello y a dar un bocado e hidratarse. Siempre, en estas rutas, hay que tener un punto de prudencia. Conviene recordar a Virgilio y ese atinado consejo de guardar «fuerza suficiente» para una empresa, la de recuperar el espíritu de la montaña, que merece, sin duda, la pena.

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