17 de junio de 2016
17.06.2016
Acto de desagravio

Cañizares se reafirma en todo: "¿Cómo voy a callar? Aunque me crucifiquen"

Una multitud abarrota la plaza de la Virgen y la catedral en el acto de desagravio a la Geperudeta - El arzobispo recibe continuas ovaciones e insiste en desacatar las leyes de la «ideología de género»

17.06.2016 | 13:43
Fotos: Eduardo Ripoll

­Una marea católica de unas 4.000 personas „según el cálculo de la policía y el aforo de la Seo, aunque «decenas de miles» para los organizadores„ llenó ayer por completo la plaza de la Virgen y la catedral de Valencia para participar en el acto de desagravio a la Mare de Déu dels Desemparats, que había convocado el cardenal Antonio Cañizares, por el cartel del grupo Endavant l´Horta en el que se besan la Geperudeta y la Moreneta ante el día del Orgullo Gay.

La estampa que ofrecía el corazón histórico de Valencia remitía al 15-M, con católicos indignados que utilizaban en pancartas y camisetas hashtags como «#con mi madre no te metas» o «#stopcristianofobia». También recordaba a las mareas de todos los colores que desde el estallido de la crisis han llenado las plazas. En este caso, con un mensaje nítido que sintetiza a los pies de la basílica Rosana Company: «Estoy harta de callarme ya. Nos están ofendiendo constantemente. Y ya es hora de que defendamos a nuestra madre. Ya está bien de tener miedo».

En un acto cuyo último precedente se remonta a mayo de 1939, en un desagravio tras el final de la Guerra Civil, la plaza estaba ayer dominada por dos enormes senyeres (una del GAV), dos banderas triples con las enseñas de la España carlista, la Comunitat Valenciana y la blanquirroja carlista, y tres enormes pancartas desplegadas con los lemas «Valencia contra la degeneración», de España 2000; «España con Cristo Rey y la Santísima Virgen», de los Jóvenes carlistas del Reino de Valencia; y «Mare d´Espanya, Sol de Valencia, no mos deixes d´amparar», del Círculo carlista abanderado de la Tradición. Un grupo reducido portaba boinas rojas carlistas y llevaba una gran cruz de madera con cristo crucificado.
Aunque ese simbolismo „muy minoritario pero chillón„ era lo que centraba la atención de las cámaras, el cardenal cogió el micrófono antes de iniciar el rosario público que inauguraba el acto y lo dejó claro: «No venimos a ningún acto político ni a una protesta ciudadana. No venimos con ninguna bandera ni representamos a ninguna sigla. Se confunden y desfiguran por tanto los que vengan en otro sentido. Venimos como fieles cristianos que se sienten hijos de tan dulce madre. Venimos a rezar, y nada más que a rezar».

Y el rezo comenzó. Los diez misterios del rosario empezaron a desgranarse en la voz del purpurado y sus fieles después de que entrara a la plaza la imagen peregrina de la Geperudeta entre aplausos in crescendo y vítores de «Tots a una veu: Visca la Mare de Déu», que mitigaban la música sacra emitida por los altavoces instalados. Julio Pallás, que ha venido con su esposa y sus ocho hijos, explica la presencia de toda su familia: «Si se meten con tu madre, lo lógico es salir a defenderla. Porque nuestra madre no es así como la pintan, sino bella y preciosa. También para apoyar al cardenal y mostrarle que estamos a su lado». Para un joven de 27 años con barba y camiseta de «Stop Cristianofobia», todo se reduce a un concepto: la «libertad» de un grupo, el de los cristianos, que él considera que está siendo atacado.

Una fe fuera del armario
El rezo del rosario en voz alta, con muchas personas con las cuentas gastadas entre las manos y muchos jóvenes repitiendo lo que buenamente podían, ofrecía una imagen del todo infrecuente para una tarde de jueves en el centro de Valencia: la fe en la calle, como si el arzobispo hubiera conseguido uno de sus objetivos: sacar a la religión del armario privado. Un momento que arrancó los aplausos de los fieles fue cuando el cardenal recordó «muy particularmente» a las víctimas del atentado de Orlando, cometido contra un club gay.

Tras acabar el rosario, el himno a la Virgen afloró lágrimas y labios prietos. Isabel Bonig, líder del PP valenciano, fue una de las primeras en ir a besar la mano del cardenal Cañizares, junto al que se podía ver al hijo de Adolfo Suárez (Cañizares fue confesor del expresidente).

De las puertas de la basílica, el acto pasó a la catedral. Por el camino, varias personas se acercaban a saludar y dar calor, mucho calor, al arzobispo de Valencia. Pero la máxima efusividad estaba por llegar. La catedral estaba repleta, con sillas supletorias y puertas abiertas para el público que no cabía. Ochenta y siete sacerdotes „con ocho mitras de obispo y una de cardenal, más aparte los curas que ya estaban sentados en su sitio„ desfilaron en la comitiva que cerraba Cañizares.

Unas diez ovaciones „algunas de más de un minuto de duración y con verdadera intensidad„ interrumpieron la homilía de Antonio Cañizares. El desagravio no era sólo a la Virgen. También era para el arzobispo, cuestionado en los últimos días, al grito de «¡Viva don Antonio!» o «¡Estamos con usted»!. Él, delante del altar, con labios prietos y palmas juntas, asentía con la cabeza.

Su homilía „una deconstrucción del padrenuestro en la que reflexionaba sobre cada uno de sus pasajes„ fue contundente. El prelado de Utiel se reafirmó en todo lo que había despertado la polvareda: criticó la «ideología de género» como «la peor de todas las ideologías de la Historia», y animó a desobedecer las leyes que puedan inspirar esa ideología «inicua y destructora». «Cuando se plasma en leyes, es preciso presentar objeción de conciencia. Todos tenemos derecho a eso», sostuvo.
«De mí no esperéis otra cosa que os enseñe la verdad, aunque algunos no la toleren, aunque me crucifiquen», dijo. «¿Cómo voy a callar? Es necesario que reaccionemos. No podemos tener miedo. Al contrario», arengó. Fue un canto a la rebeldía. Dijo que no puede conformarse con «lo políticamente correcto». «Tengo que ir contracorriente; Jesús también lo hizo». Instó a «no tener odio ni rencilla, a no rechazar a nadie y ser hombres de perdón». La «gran tentación», dijo el purpurado, es «creer que Dios nos sobra». Al finalizar la homilía, un hombre delgado de unos 40 años gritó a pulmón abierto: «Cañizares, te queremos y estamos contigo». Toda la catedral prorrumpió en una fuerte ovación. El doble desagravio se había completado.

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