15 de agosto de 2016
15.08.2016
Donación

Energía sueca para conjurar la barbarie

Ikea Valencia redecora varios espacios del Centro de Refugiados (CAR) de Mislata dentro de un proyecto nacional de ayuda a este colectivo

15.08.2016 | 13:27
Fotos: Fernando Bustamante

Han sido necesarias 170 horas de trabajo y una sensibilidad especial para completar este proyecto solidario. La empresa tuvo en cuenta las demandas de los usuarios del centro y optó por mejorar el patio y la guardería.

Ver un catálogo de Ikea es darse de bruces con familias felices (grandes, pequeñas, tradicionales, innovadoras) pero familias que disfrutan alrededor de una mesa o de un sofá. Se sienten en casa. Hay muchas familias de refugiados a las que, sin embargo, se les ha negado en los últimos años este privilegio que el marketing nos impone como derecho universal.

Para muchas de estas familias hace tiempo que este sentimiento de estar «como en casa» se ha quedado muy atrás. Varados en campos como los de Grecia o reubicados en sus nuevos países de residencia deben de reconstruir esa sensación en sitios insospechados a miles de kilómetros de lo único que conocían como hogar. Ser refugiado y sentirse como en casa es doblemente difícil.

Desde Ikea Valencia han querido ayudar a que los refugiados que viven en el centro de Mislata (que huyen de los talibán como el pequeño Osman y su familia o de la guerra de Siria) puedan sentirse algo más cómodos en ese limbo de ser asilados políticos. Dentro de un proyecto nacional enfocado a colaborar con asociaciones y entidades de ayuda a refugiados, Ikea le ha cambiado la cara al centro estatal de Mislata.

Las sillas Mammut de colores dan ahora un toque divertido a la guardería y en la terraza interna del edificio se ha producido una auténtica revolución al estilo del cambio que se consigue con las gafas de realidad aumentada para redecorar los balcones ideadas por la marca sueca para publicitarse en la televisión a principios de verano.

La transformación de estos dos espacios, así como del vestíbulo de entrada ha sido «total», según reconoce el director del centro Felipe Perales. Y todo gracias a 25.000 euros en material donado y 170 horas de trabajo (entre diseño y montaje) de profesionales de la tienda de Alfafar.

El proyecto de Mislata, además, ha sido «especial» ya que fueron los propios residentes del centro los que aportaron ideas sobre lo que sería mejor adaptar. «Íbamos con una idea predeterminada de hacer la sala de televisión y otras zonas de la planta baja pero, tras una primera visita, decidimos repensar todo el proyecto», explica Nerea Soro, responsable de Sostenibilidad de la firma en Valencia. Así, promotores, decoradores y personal del centro se sentaron con los usuarios para decidir en qué iba a ser mejor invertir. «Y cambiamos todo. Querían mejorar la guardería y propusieron incluir en el proyecto la terraza que suelen utilizar para comunicarse con sus familias porque llega mejor la señal wifi», explica Soro.

Deporte para socializar

Dicho y hecho, ahora este espacio que antes estaba «bastante desaprovechado», según Perales, se llena de vida al atardecer con zonas con mesas y tomas de corriente para estar con los ordenadores y áreas chill out en las que pasar el rato y socializar y hasta unas mesas de ping-pong «que nuestros carpinteros hicieron a medida porque no es un artículo que trabajemos. Aún así vimos que era importante porque, pese a que los usuarios con los que hablamos tenían perfiles y procedencias distintas, tenían en común que jugaban en sus países de origen», añade Soro.

Los nuevos espacios están funcionando. «Ha sido un avance para los usuarios porque, por sus experiencias, llegan con desconfianza y tendencia a aislarse y esto ha sido una oportunidad para recuperar espacios de socialización», asegura la psicóloga del centro.

A modo de bienvenida, un gran panel en la entrada dice «hola» en multitud de idiomas. «Cuando estás en un país extraño y alguien te dice hola en tu idioma, parece que ya no estás en territorio hostil. Esperamos que sea así», concluye Perales. En el vestíbulo, cinco relojes marcan la hora en alguno de los husos horarios de los cinco continentes. Es un recordatorio, como en los aeropuertos, de que aquí los refugiados siguen estando de paso. En busca de formar su propia postal de familia feliz.

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