25 de septiembre de 2016
25.09.2016
Mujeres taxistas

El taxi avanza en igualdad

Valencia cuenta con 300 mujeres al volante de un taxi de las más de 3.000 licencias con las que cuenta el sector

25.09.2016 | 01:26
Vídeo: Arturo Iranzo

El taxi ya no es solo cosa de hombres. Poco a poco, más mujeres se incorporan a un sector identificado con el género masculino. Su anecdotario no tiene fin. No acusan machismo alguno entre sus compañeros y sí en algunos clientes, aunque «son los menos». Cuatro mujeres cuentan su experiencia en Levante-EMV

Les gusta conducir, el trato con la gente, la flexibilidad de horarios y sentirse independientes. El taxi ya no es solo cosa de hombres. Poco a poco, más mujeres se incorporan a un sector identificado con el género masculino, principalmente por ese concepto de «seguridad o inseguridad» que conlleva conducir un vehículo y llevar a un desconocido (o varios) en el asiento de atrás. O justo al lado. Cada día son más, pero siguen siendo un porcentaje mínimo. En Valencia hay unas 300 mujeres en activo en un sector con más de 3.000 licencias. Un 10% que va en aumento.

Sin embargo, ver a una mujer al volante de un taxi sigue llamando la atención. Hace dos semanas un grupo de taxistas se negó a transportar a un cliente porque éste no quería viajar en el taxi que le tocaba, el primero de la parada. ¿El motivo? Que la conductora era una mujer. Ocurrió en Madrid, pero el corporativismo que se vivió en la capital del país también ocurre en Valencia. Levante-EMV entrevista a cuatro mujeres taxistas „Ana Bellido, Lidia Rodrigo, Estefanía Herrero y Guillermina Ruiz„para que cuenten su experiencia en un sector donde el empoderamiento de la mujer ya ha comenzado. Y no tiene vuelta atrás.

¿Eres taxista? Les han preguntado a las protagonistas de este reportaje más de una vez. La respuesta es obvia pero, al parecer, si a ser mujer se le añade el factor de la juventud su simple presencia sigue sorprendiendo. Aseguran que alguna vez han escuchado algún comentario desagradable sobre su conducción al volante de un taxi, pero insisten en que las críticas «más que de hombres, vienen de mujeres. Sobre todo de las más mayores». No les hacen ni caso. De sus compañeros de profesión no tienen queja alguna. Generalizar con los clientes «no sería justo», resaltan.

Ellas están encantadas con su trabajo. Aseguran que el taxi «o lo odias o lo amas». Y a ellas las «enamoró» desde el primer día. Todas tenían relación con la profesión. Su marido, su padre... El taxi para ellas no era ningún desconocido aunque estar al frente del mismo da una visión diferente del sector.

Cuatro protagonistas
Ana Bellido se pasó la infancia de su hijo mendigando horas libres para llevarlo al pediatra, sin poder asistir a sus actividades extraescolares y «esclavizada» en una oficina donde, con la llegada de la crisis, la recompensa fue un ERE y su despido. Su marido era (y es) taxista, pero ella tenía claro que prefería no mezclar amor y trabajo. Así que invirtió el dinero de la indemnización en comprar una licencia (en 2010, por cerca de 100.000 euros) y hoy en día, si se arrepiente de algo, es de no haberlo hecho antes. «Mi marido tiene su taxi y yo el mío. Este es el mejor trabajo para la conciliación familiar», asegura. Es guerrera y se le nota. De hecho, es la primera mujer de la Asociación Gremial del Taxi en acceder a la directiva (es vocal) y reconoce que el mayor drama del sector es, precisamente, la «desunión y la división entre tanto sindicato». Eso, sin embargo, es otro cantar.

Fany Herrero tiene 28 años y un desparpajo que hace que, sus propios compañeros, la llamen «el terror del AVE» por su habilidad a la hora de captar clientes y de desenvolverse con los mismos. Ella, de pequeña, ya quería ser taxista y cuando la ley se lo permitió (a sus 21 años) se sacó el carné. No se imagina otro modo de ganarse la vida y disfruta cada vez que una joven se sube a su taxi y le pregunta qué tiene que hacer para ser taxista. Eso sí, tuvo que respirar hondo (varias veces) cuando una mujer criticó su oficio porque «lo que debe hacer una mujer es quedarse en casa fregando. ¡Así me lo dijo!».
Guillermina Ruiz es la benjamina del grupo (acaba de cumplir 25 años) y contra todo pronóstico, a ella le gusta trabajar de noche. Hasta que ha conseguido ser autónoma tuvo dificultad para ser asalariada en horario nocturno. «Mujer joven trabajando de noche... Nadie lo veía claro. Así que acompañé a mi padre durante muchas noches para coger experiencia», afirma. No tiene miedo. Pero reconoce que, en una ocasión, se le puso un nudo en el estómago y se fue con el taxi vacío. «A mí me ocurrió lo contrario. No es que no quisieran subirse en mi taxi... es que querían, precisamente, que les llevara yo. Ocupaba el tercer puesto y vinieron directos. Cuando el taxista que estaba primero les indicó que subieran, ellos se negaron. Y se esperaron hasta que me tocó el turno a mí. Era un grupo de hombres jóvenes y no tuve buenas vibraciones. No me la quise jugar y me fui con el taxi vacío», relata.

Lidia Rodrigo también tiene un marido taxista y ante los rumores sobre posibles cambios en la regulación del sector decidió sacarse el carné y compartir trabajo con la misma persona con la que comparte su vida. Condujo el taxi por primera vez hace un año y siete meses. Y también se arrepiente de no haberlo hecho antes.

De propuestas y anécdotas
Como buenas taxistas son de verbo fácil y aseguran que realizan una labor social «de psicólogas» porque, además, cuando el cliente ve que la conductora es mujer «se sienten más libres a la hora de hacer confesiones». Las hay de todo tipo. De ligues, de dramas personales, de problemas en el trabajo, de infidelidades... También hay propuestas para ellas. De sexo, principalmente. Las cuatro relatan sus anécdotas entre risas. Jóvenes que se quedan dormidos tras salir de fiesta, abuelitas enfermas de alzhéimer que se creen secuestradas a mitad del trayecto, famosos como clientes, propuestas de tríos, propinas astronómicas „pago de 100 euros por una carrera de 20„ o la caballerosidad bien entendida porque ninguna de las protagonistas sube las maletas de sus clientes al coche. Y no porque no quieran. «Te ven una mujer joven y delgada y no hay manera de que te dejen subir la maleta al coche, aunque les digas que ese es, precisamente, tu trabajo», comentan.

Todas coinciden al asegurar que los «peores» clientes no son los que las paran de madrugada, sino los que lo hacen un domingo por la mañana cuando la fiesta ya no da para más. Los llaman los «muertos vivientes» y ninguna los quiere en su taxi. A todas les han dejado más de un carrera sin pagar y lamentan que, a día de hoy, aún se critique la forma de conducción de las mujeres porque «no se trata de géneros sino de personas». Solo la madre de Fany vio con buenos ojos la profesión elegida por su hija. La de Guillermina le recordó que llevara siempre a mano la porra y un spray de pimienta. «Las niñas, de pequeñas, no solemos soñar con ser taxistas», afirman Ana y Lidia.

La unión hace la fuerza y las taxistas de Valencia lo saben. Por eso, mantienen abiertos canales de comunicación para avisarse de las zonas donde hay faena. Cuidan su aspecto, aunque, por respeto a sus compañeros –a las que se les prohíbe conducir con tirantes o pantalón corto– ellas tampoco lo hacen. Eso sí, siempre hay excepciones para reglas no escritas. Y aunque pasan miles de horas con uno de sus brazos al sol, mantienen un bronceado uniforme. ¿El secreto? «Hay que ponerse crema solar de protección 50 en el brazo de la ventanilla, y en el otro nada de nada», recomiendan.

«Para llevar a niños que viajan solos sí que somos las elegidas»
Hay un tipo de clientes que sí, o sí, prefieren que sea una mujer la que conduzca el taxi: las madres. Ahora bien, siempre que se trate de que los menores viajen solos. De hecho, Ana Bellido cuenta con varios clientes fijos que le encargan llevar o recoger a su hijos del colegio. «Bajo del taxi, discuto con el policía de turno y le entrego el menor a la profesora. Y lo mismo para recogerlo. Sería incapaz de hacerlo de otra manera», explica la joven. Y haría lo mismo si tuviera que dejarlo en el aeropuerto o en casa de un familiar. Por ello, las protagonistas de este reportaje reconocen que «tienen ventaja» respecto a sus compañeros varones, cuando se trata un menor que viaja solo. «Aunque ellos lo hagan igual de bien que nosotras, las madres prefieren una mujer».

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