02 de octubre de 2016
02.10.2016
La evolución de la locura

"Esterilicemos; ya basta con tres generaciones de imbéciles"

Valencia fue pionera con el hospital del 'pare' Jofré en 1410 y fracasó con un centro en Bétera obsoleto

02.10.2016 | 02:59
Carrie Buck y su madre, en un centro de Virginia.

Manicomios, descargas eléctricas cerebrales, lobotomías, esterilizaciones, determinismo frenológico, vinculación con el crimen. La exposición «Bogeria i Modernitat», de la UV, analiza la evolución de un mal que aún arrastra aquellos estigmas.

Escalofríos, pena y compasión es lo que transmite la mirada de Carrie Buck en esa fotografía en blanco y negro. La joven había sido internada en un centro para «deficientes mentales» de Virginia, donde antes había sido ingresada su madre por prostituta y otras conductas inaceptables. A Carrie la había violado y dejado embarazada con 17 años un sobrino de sus padres adoptivos. Tras el nacimiento de su hija, el informe de la temible institución donde estaba encerrada indicó que la pequeña Buck ya presentaba signos de deficiencia mental. Que lo mejor era esterilizarla con la ablación de las trompas de Falopio para que no tuviera más descendencia. El magistrado, con el viento social favorable a la eugenesia, no lo dudó. Su sentencia dice así.

«Hemos de evitar que la incapacidad inunde nuestras existencias. Es mejor, para el conjunto del mundo, que en vez de tener que llegar a ejecutar a unos descendientes degenerados debidos a sus acciones delictivas, o dejarles morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad pueda impedir que aquellos que están manifiestamente incapacitados sigan propagando su propia especie. (...) Tres generaciones de imbéciles son suficientes», defendió el juez. Era 1927 y la Corte Suprema de Estados Unidos confirmó la esterilización de Carrie Buck en contra de la voluntad de la chica.

Es una de las estampas de la exposición Bogeria i Modernitat. Espais, pràctiques i sabers, programada por la Universitat de València en el Palau de Cerveró de Valencia. La muestra traza un recorrido sobre la conformación de la locura como enfermedad mental, el nacimiento de la psiquiatría como disciplina científica en el tránsito del siglo XVIII al XIX, la evolución de los manicomios, así como las tendencias extremas como la lobotomía o las terapias a base de descargas de voltios o las relaciones entre locura y criminalidad.

La época del terror
Pero no sólo son paneles explicativos. La piel se eriza al ver dos siniestros maletines portátiles de los años cuarenta y cincuenta para aplicar electroshock. En el indicador de voltios, como un cuentakilómetros espeluznante, uno va de los 50 a los 130 y el otro marcador oscila entre los 0 y los 150. Se ven los electrodos, gastados de tanto aplicar en las sienes para inundar de electricidad el cerebro de los «pacientes». En la caja hay una nota que dice así: «Para hacer un buen uso de este aparato deben seguirse nuestras instrucciones de manejo».

Era la época del terror. La que empezó en los años treinta con la introducción de tratamientos somáticos y procesos convulsionantes dirigidos a los enfermos mentales. Como el coma inducido o el electroshock, «útiles en el tratamiento de algunos trastornos pero muy controvertidos por su agresividad», como indican los carteles de la exposición.

La cúspide del horror también cabe en la muestra: la lobotomía. Sin duda fue el remedio más polémico, célebre por la película Alguien voló sobre el nido del cuco. La lobotomía es la psicocirugía que consiste en seccionar uno o más fascículos nerviosos de un lóbulo cerebral. Y ahí está, en plena faena, la imagen tenebrosa: Walter Freeman, el gran apóstol de la psicocirugía, el hombre que realizó entre 2.500 y 3.500 lobotomías a lo largo y ancho de Estados Unidos desplazándose en un vehículo que él mismo bautizó como lobotomóvil. Freeman perdió la licencia al morir uno de sus pacientes durante una lobotomía.

La exposición, que recoge material diverso de la Col·lecció d'Instruments Científics y la Biblioteca Vicent Peset Llorca de la Universitat de València, también exhibe las imágenes truculentas de preparaciones histológicas para realizar cortes de cerebro en los años 30 en Valencia.

Fuera manicomios
Aquella espiral de electroshock y lobotomías, de electricidad y picahielos (que era el utensilio de los primeros cortes cerebrales), evolucionó en los años cincuenta hacia la psicofarmacología: surgían los medicamentos para la esquizofrenia, la depresión o la ansiedad. El cambio no sólo fue de medicamentos. El viejo modelo del internamiento manicomial fue puesto en revisión.

La exposición reproduce a Clifford Beers, un antiguo paciente psiquiátrico que relató en 1908 su terrible experiencia sufrida en un manicomio público. Aquel desgarro emocional, plasmado en el libro A mind that found itself, caló hondo entre los psiquiatras y animó a establecer un nuevo sistema de atención comunitaria. Tras la Segunda Guerra Mundial llegó la reforma psiquiátrica que sirvió de pista de despegue para la actual concepción de las enfermedades mentales, la gran transformación de la psiquiatría y del encaje social de sus enfermos.

La forma del cráneo: la pista
Quizá por la distancia sideral es bueno recordar los inicios. Como el grabado de 1806, de Charles Bell, que recrea a El maníaco: un hombre atado con correas a una silla tranquilizante, diseñada por Benjamin Rush. De fondo, la exposición bucea en la era del alienismo y de la monomanía homicida que teorizó J. E. Georget. Básicamente se trataba de explicar que había individuos biológicamente prefabricados para el crimen. Personas inclinadas a la ferocidad, la destrucción y el crimen. Y que, por lo tanto, debían gozar de irresponsabilidad penal. Un argumento frecuente en las salas de justicia hasta 1870.

Era el determinismo biológico que Cesare Lombroso quiso radiografiar como el criminal nato. Podía adivinarse quién iba a ser criminal o enajenado mental por estigmas anatómicos, fisiológicos y sociales. La exposición muestra fotos de rostros y cráneos de tipo criminal. Como el de El sacamantecas. También hay una bella cabeza frenológica: de cuando se creía que la forma del cráneo, de la cabeza y de las facciones, determinaba el carácter, la personalidad o las tendencias criminales.

Los enfermos mentales también han sufrido un gran daño desde el cine. Norman Bates en Psicosis, Jack Torrance en El Resplandor, Arthur Jarret en Al rojo vivo o innumerables cintas de serie B han contribuido a estrechar una ligazón entre enfermo mental y criminalidad. «Eso ha perjudicado enormemente a los pacientes mentales», subraya la exposición. Con ello, y con el poso de injusticias sembrado por la Historia, se ha construido el armario de estigmas del que muchos enfermos mentales hoy no se atreven a salir.

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