F. A.,
Valencia
Apenas 72 horas después de la destitución de Sevilla como ministro, el presidente Zapatero trasladó a Ignasi Pla su recomendación de que dimitiera, asunto que no trascendió. De regreso a Valencia, el líder socialista fue disuadido por sus más estrechos colaboradores y bajo la batuta de Blanco se puso en marcha una operación defensiva consistente en demostrar a Moncloa que el intento de tutelar la sucesión por la vía rápida podía poner el partido patas arriba.
En fin, que sería peor el remedio que la enfermedad. El martes 10 de julio, Pla trasladó a Zapatero que no repetiría, y un día después convocó una rueda de prensa para anunciar eso mismo y nada más -era como acceder a medias a los deseos monclovitas de dimisión- y reiterar que la
«hoja de ruta»
seguía intacta y de congreso extraordinario ni hablar. Curiosamente, una hora después, el alcalde de Alaquàs, Jorge Alarte, verbalizó en otra rueda de prensa lo que todo el mundo ya sabía: que aspira a ser secretario general para
«renovar a fondo»
el partido.
El anuncio de Alarte, previo acuerdo con Blanco, iba realmente dirigido a Moncloa. La operación relámpago de Ferraz con Blanquerías, pivotando sobre una tercera pata llamada Jorge Alarte, abortó la intención de Sevilla de comunicar que aspiraba, como paso previo al congreso extraordinario que Moncloa le había garantizado.
Sevilla guardó en el cajón la intervención pública que había preparado en la que definitivamente reconocía que saltaba a la arena. Los afines al ex ministro no desistieron de su empeño y el diputado Ricard Torres empezó a recoger firmas entre los miembros del comité nacional para intentar forzar el congreso por esa vía. En el otro lado y para demostrar definitivamente a Moncloa que el PSPV es lo que es y no lo que le gustaría que fuese, Blanco y la ejecutiva de Pla convocaron un comité nacional extraordinario para contarse. El 80% del partido rechazó en voto secreto el adelanto congresual.