Pilar G. del Burgo, Valencia
«Empecé a darme cuenta de que le pasaba algo raro porque no conocía el dinero; teníamos una tienda de ultramarinos en la calle Tres Forques y no sabía dar el cambio; mi marido tenía entonces 49 años y ahora tiene 70». A Rafael Más Ochando le cambió el carácter, cada vez más serio, más chillón, agresivo y malhablado. «Lo que nunca», expresa su mujer Vicenta Pérez, que indica que a él todo lo que comía le sabía mal pero que se ofuscaba y no quería ver esos cambios de conducta y personalidad ni, mucho menos, admitir que podía estar enfermo. Finalmente y gracias a que una de hijas es enfermera le llevaron al hospital Doctor Peset donde le diagnosticaron «el mal» hace 21 años.
«A raiz de eso la vida ha ido muy mal, muy mal, tanto para él como para todos, sobre todo para los que le cuidamos porque es muy lamentable; traspasé la tienda y me dediqué a él, toda mi juventud se la ha llevado él», expresa Vicenta, que recuerda que en los primeros tiempos no les dejaba descansar, ni vivir y que ella no conseguía salir de la depresión. «Lo más duro fue al principio, los primeros siete años de la primera fase de la enfermedad, porque le dio por hacer bastante daño, tiraba sillas, muebles, se daba trompazos contra la pared... es que esta enfermedad es de lo peor que hay porque con un cáncer te mueres, pero con ésta pasan los años y cada vez es peor: ni se mueren ni dejan vivir» expresa Vicenta. De eso hace más de dos décadas. Ahora Rafael está ya en la tercera fas: «encamado y como un vegetal», refiere su mujer.
«La loca de los papelitos»
Ana Isabel Rodríguez se inició en la enfermedad de Alzheimer a los 45 años pero no con los tradicionales olvidos y pérdidas puntuales de memoria, sino con un trastorno de conducta y personalidad que la convirtió en una mujer retraída, ensimismada... lo contrario de la persona social y abierta que había sido hasta entonces. «Incluso con nosotros se mantenía bastante apartada, ni quería estar en el sofá, ni ver las noticias... nada; lo único que le preocupaba es comer y ahora se atasca de comida y se va a la cama», expresa a Levante-EMV José Luis Quilis, el marido, que indica que al principio ella hacía pifias, como cogerle dinero comprometido para hacer determinados pagos o cogía papelitos y los rompía y tiraba por la calle o rayar el ascensor... lo que la llevó a ganarse la antipatía de algunos vecinos de Manises, donde reside la familia.
«Hace tres meses una señora mayor que le tiene manía le golpeó con una barra de pan y le rompió las gafas», relata José Luis que ha puesto en venta su piso porque los vecinos tampoco la quieren y la han denunciado. Ahora ya Ana Isabel no se hace cargo ni de su aseo personal, «ya llevamos tiempo así y yo no abarco, no llego a todo», comenta el esposo que tiene que compatibilizar tres trabajos con el cuidado de la esposa y de los hijos para sacar la casa adelante. «Ahora está ausente, no conversa, balbucea, repite lo mismo mil veces, ha perdido vista y tengo que tener todas las puertas cerradas, porque si no acabaría con todo lo que hay en la nevera y cuando entra en el aseo cada minuto tira de la cisterna ... la enfermedad la está comiendo a pasos agigantados», confiesa José Luis, destrozado al ver el deterioro cotidiano de la madre de sus hijosÉ «a veces se me caen las lágrimas de verla y luego viene la impotencia porque no queda nada de lo que ella era».
José Luis ha solicitado una plaza en un centro de día, está a la espera de recibir la ayuda que le corresponde por la Ley de Dependencia y hace quince días ha solicitado plaza en una residencia. Es su única esperanza, aunque no se pronunciarán hasta dentro de seis meses. En la Comunitat Valenciana solo hay un centro para enfermos de Alzheimer, con 40 plazas. Aún así, confía en ingresarla en alguna institución y salir adelante.