Rafel Montaner, Valencia
El científico valenciano Sergio Pastor forma parte del equipo de astrofísicos de 17 países que acaba de descubrir que los rayos cósmicos de alta energía que llegan a la Tierra proceden de núcleos activos de galaxias situadas a 200 millones de años luz de nuestro planeta, como la galaxia Centaurus A. Este hallazgo, recogido en el último número de la prestigiosa revista científica norteamericana Science, según explicaba ayer por teléfono desde Madrid el propio Pastor «representa el nacimiento de una nueva astronomía, otra forma de mirar el cielo que nos permite distinguir objetos muy lejanos que no se ven con telescopios ópticos».
El resultado de este estudio internacional, continua el investigador del Instituto de Física Corpuscular (IFIC) de la Universitat de València y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), «es muy importante, porque hemos identificado por primera vez los objetos que producen rayos cósmicos». Los rayos cósmicos de alta energía son las partículas subatómicas más energéticas que existen. Surcan el Universo con una velocidad similar a la de la luz y bombardean constantemente la Tierra con una energía cien millones de veces mayor que la que puede generar el acelerador de partículas más grande del mundo.
La altísima energía de estas partículas, que supera los 40 trillones de electronvoltios (eV) -Apenas se gastan 50.000 eV en una radiografía-, es comparable a la de una pelota de tenis en un saque, pero concentrada en una masa 24 órdenes de magnitud menor. Es decir, la relación entre la masa de la pelota y la de la partícula subatómica sería como comparar una gota de agua con mil veces todos los mares de la Tierra.
Estos rayos cósmicos, al entrar en la atmósfera desencadenan una lluvia o chubasco de partículas al chocar con las moléculas de aire. El efecto es parecido al del choque de una bola de billar con otras, a diferencia de que en este caso la colisión provoca la destrucción de partículas que a su vez generan otras nuevas. Estas reacciones nucleares en cadena pueden desatar una cascada de hasta un billón de nuevas partículas secundarias.
No obstante, detectar estos chubascos cósmico es sumamente difícil pues se estima que en cada siglo solo llega una de esas nuevas partículas a cada kilómetro cuadrado (km2) de la tierra.
Hace dos años que se creó en la Pampa argentina el observatorio internacional de rayos cósmicos Pierre Auger, que con 1.600 detectores repartidos en una superficie de 3.000 km2 ocupa una extensión similar a las comarcas de Requena-Utiel y los Serranos.
Este telescopio gigante que lleva el nombre del padre de la teoría de las lluvias cósmicas en 1938, ha registrado hasta el momento 81 partículas de alta energía que ha «permitido reconstruir la energía, la dirección y el origen de estos rayos cósmico», según apunta Sergio Pastor.