El jefe de los obispos loa a Tarancón

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 cardenal.   Vicente Enrique y Tarancón, en una imagen de 1992
cardenal. Vicente Enrique y Tarancón, en una imagen de 1992   abelard comes

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, aprovechó ayer el discurso de apertura de la última asamblea de obispos que preside para realizar un elogio potente y significativo del cardenal valenciano Vicente Enrique y Tarancón, del que se celebra el centenario de su nacimiento. Precisamente, la Iglesia oficial valenciana no se ha prodigado en actos por la efeméride.

A. Garcia/Efe, Valencia/Madrid
El presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Ricardo Blázquez, aprovechó ayer la apertura de la asamblea plenaria de los obispos para recordar al cardenal valenciano Vicente Enrique y Tarancón (1907-1994), del que este año se celebra el centenario de su nacimiento. «Nuestra memoria -dijo- es homenaje y reconocimiento de su persona y de su obra. Fue, en una coyuntura crucial, un don de Dios para la Iglesia y la sociedad española».
El reconocimiento del obispo de Bilbao, al que nunca se le ha puesto la etiqueta de taranconiano, contrasta con la falta de actos en memoria del cardenal de Burriana organizados por la jerarquía eclesiástica valenciana. El arzobispo de la archidiócesis, Agustín García-Gasco, acudió a la apertura de la conmemoración en la localidad castellonense el pasado 29 de abril, que fue presidida por el cardenal Antonio María Rouco, pero el arzobispado no ha organizado ningún acto propio ni ha realizado ninguna declaración sobre Tarancón. Tampoco estuvo representada formalmente en el homenaje que realizó recientemente el Consell Valencià de Cultura (CVC), del que el histórico líder de la Iglesia española durante la Transición fue miembro.
Las palabras de ayer de Blázquez tienen su trascendencia interna, ya que la asamblea plenaria en curso debe ser la última antes de la elección de un nuevo jefe de los obispos en marzo. Hace tres años, el prelado de Bilbao salió elegido por delante del valenciano Antonio Cañizares. Desde entonces, se ha hablado de la existencia de dos sectores en el episcopado encabezados por ellos: el moderado, por Blázquez, y el más duro y ortodoxo, por Cañizares.
La figura de Tarancón se ha convertido en un referente de posturas de apertura en la Iglesia, pero su legado ha quedado hoy convertido en nada dentro de la estructura episcopal. Los últimos obispos considerados taranconianos (Ramón Echarren y Vitorio Oliver) se han retirado en los últimos años.
El propio Tarancón quedó arrinconado y fuera de los círculos de influencia de la Iglesia una vez que dejó los cargos en la Conferencia Episcopal y se retiró en Burriana.
Ello aporta más significado a las palabras de Blázquez en su último mensaje en la asamblea plenaria. El obispo de Bilbao dijo que Tarancón «forma parte relevante de nuestra historia» y recordó que, durante el decenio que presidió la CEE, «manifestó la intención que le había guiado».
Se propuso, dijo Blázquez citando al propio Tarancón, dos objetivos: «Aplicar a España las enseñanzas del Concilio Vaticano II en lo referente a la independencia de la Iglesia de todo poder político y económico, y procurar que la comunidad cristiana se convirtiese en instrumento eficaz de reconciliación para superar el enfrentamiento entre los españoles que había culminado en la guerra civil».
Ricardo Blazquez recordó que la Iglesia en el Concilio orientó de manera distinta las relaciones con el mundo. Estos cambios, afirmó, «eran más delicados, en nuestra Iglesia (la española) y en la sociedad, a la que se debían evitar traumas innecesarios en la transición de un régimen personal a un régimen democrático».
«Buscó siempre la concordia, respetando la pluralidad y fomentando el diálogo; con buen instinto supo rodearse de valiosos colaboradores», subrayó. «Afirmaba abiertamente que la Iglesia veía con buenos ojos la llegada de la democracia y el pluralismo que le es inherente», comentó. Para Blázquez, con la perspectiva del tiempo transcurrido, «podemos reconocer que la Iglesia estuvo a la altura del momento histórico; y la sociedad española quedó en general satisfecha de la transición».

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