Enrique Herreras
Hoy, como siempre, predominan dos tipos de escrituras dramáticas, las que rompen con todo lo habido y por haber, y las que tratan de mantener unas estructuras convencionales para relacionarlas con las necesidades actuales. Lo que une a las dos modos es la hegemonía de una poética hueca, vacía, caprichosa, y muchas veces tomando el teatro más como terapia personal que como contaminación con la sociedad en la que están insertos.
En el presente texto, ganador del último Premio Ciutat d'Alcoi, al menos su autor intenta hacer un retrato de su momento histórico. En concreto, el de muchos treintañeros y sus problemas que tienen a la hora de conducir sus vidas y tomar decisiones. La estrategia ha sido ofrecer un encuentro de distintos personajes en el aseo, mientras fuera trascurre una cena de empresa. Ello dará lugar a que broten angustias, inquietudes profesionales, inseguridades relacionadas con la vida en pareja, fantasías eróticas y rabia.
Pero si la realidad es así, me temo que estamos ante una generación muy superficial, con problemitas subidos de tono. Tantas cosas importantes que acontecen en nuestro mundo, y estos personajes (y su autor) hipnotizados por cositas. Puede que esos dilemas sean los que imperan en la realidad, y Juli Disla sólo se dedica a dibujar, pero no toma ninguna postura. La sustancia del gran teatro de todas las épocas es el ejercicio de la lucidez en medio de la contaminación, y eso no se ve en esta obra. Tampoco se ve una gran pericia en la escritura para atrapar al espectador, salvo en alguna escena (la de la pareja que siempre fracasa en su ducha sexualÉ), algún diálogo, alguna perfil de personaje.
Por otro lado, la puesta en escena de Jaume Pérez impone cuidado y mimo en las situaciones (bien la escenografía), pero no termina de levantar el vuelo de la obra. En primer lugar no entiendo por qué se apunta lo de fuera del aseo, lo que hace perder la siempre seductora incógnita de lo que no se ve, y tampoco logra que el elenco actoral se funda con la suficiente convicción en los papeles. Del mismo destacaría a Lorena López, una actriz que me sorprendió por su presencia escénica, gracia y naturalidad, y el siempre efectivo Pau Blanco. En fin, el dilema estriba en que lo que la obra cuenta, y el modo, no tiene mayor interés, ni más maña, que muchos capítulos de seriales televisivos.