Redescubriendo a Boccherini

 

Alfredo Brotons Muñoz
Luigi Boccherini vio la luz en Lucca el año 1743. Como virtuoso (del violonchelo) y compositor recorrió con gran éxito toda Europa antes de, en 1768, afincarse en Madrid y sus alrededores, donde permaneció hasta su muerte, en 1805. A diferencia de lo ocurrido por ejemplo con Haendel en Inglaterra, nosotros no hemos sabido apropiarnos de nuestro más prolífico autor de música de cámara: más de cuarenta tríos (para violín, viola y violonchelo), más de noventa cuartetos y más de cien quintetos (para dos violines, una viola y dos violonchelos).
Como suele suceder, lo que más se conoce de ese enorme catálogo parece ser lo menos valioso. En realidad, se trata de aquello con lo que la tradición se ha cebado de manera más cruel en forma de amaneramientos consolidados. Como prueba podría bastar la primera de las dos propinas con que se cerró este concierto: si el famoso Minueto se hubiese tocado siempre con esta observancia escrupulosa de lo escrito en la partitura, a buen seguro que no sería la única melodía de Boccherini que se tararea en todo el mundo.
Bien pensado, esa fue la impresión que aproximadamente se sintió de manera constante, de principio a fin, en esta velada monográfica: nos hallamos ante un músico mucho más importante de lo que siempre se nos ha contado. Y no sólo por cantidad, sino sobre todo por calidad.
Naturalmente, Boccherini no nació, sino que se hizo músico. Ni tampoco siguió su carrera una línea ascendente sin detenciones cuando no retrocesos. No hay que descartar que de manera intencionada, el orden en que se dispusieron las cuatro obras programadas parecía ilustrar una clara evolución positiva.
Así, el Trío op. 14, nº 4 nos dejó entre la admiración por el imaginativo manejo de las intensidades (en el Andantino central) o los timbres (en el Allegro assai final) y el fastidio por un tratamiento armónico sumamente rutinario. El Quinteto op. 49, nº 4 ya presentó, en su Moderato assai, un indicio evidente de sabiduría para independizar el vigor expresivo de la velocidad; también la inconfundible huella del impacto producido por el contacto con la música popular española de la época. Con el Cuarteto op. 39, nº 3 llegó la unión de la energía y la capacidad para el desarrollo de los temas. Para terminar, una obra maestra, el Quinteto op. 45, de una seriedad en el Adagio non tanto y un dinamismo en el Allegro assai subsiguiente que no habrían desmerecido de firmas más ilustres si su misma originalidad permitiera concebir tal cosa.
Las versiones que se oyeron estuvieron a la altura tanto de las partituras como del altísimo prestigio de los intérpretes. El gran triunfo no admitió un solo pero.

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