ALFONS GARCIA VALENCIA
Los altavoces de los camerinos del Palau de les Arts informan de que quedan 30 minutos para el inicio de la representación, Matti Salminen (Turku, Finlandia, 1945), de negro completo, aún sin vestir para el espectáculo, habla tranquilo -y sin morderse la lengua- sobre el Anillo del Nibelungo del coliseo valenciano, Richard Wagner y el mundo de la ópera. No canta hasta la segunda parte, así que responde sin prisas.
El bajo, que dio el salto internacional con El holandés errante en el Festival de Bayreuth, es hoy una de las grandes voces de la lírica mundial. Estuvo en el Fidelio con el que Zubin Mehta estrenó el coliseo valenciano y el director ha vuelto a tenerlo a su lado en la Tetralogía. Interpreta a Fasolt (El oro del Rin) y a Hundig (La Valquiria), papeles "cortos, intensos, pero no complicados".
El "realmente exigente" es el de Hagen (El ocaso de los dioses), especialmente por la escena, muy aplaudida, en la que se enfrenta a una orquesta de 120 músicos y al coro masculino. "Has de poner tu voz por encima, y además exige templanza y aguante. Por eso cada día hay menos buenos Hagen. Exige una coloratura que lo hace el más exigente", explica el bajo, que dicta cátedra sobre Wagner: "Hay una creencia extendida entre los melómanos de que los intérpretes de Wagner han de cantar fuerte y no es así. Hay momentos muy sutiles, propios de la música de cámara. Decir que cantar Wagner es cantar fuerte es una gran mentira".
Salminen es heredero de una gran tradición finlandesa de bajos. Con 43 años de experiencia, defiende una concepción clásica, artesanal, del trabajo lírico, lejana de las tendencias actuales del mercado operístico, donde prima en ocasiones el artificio. "Muchos directores de escena no conocen realmente la obra con la que trabajan y están más preocupados de hallar algo nuevo. Han olvidado que el trabajo de la ópera es, ante todo, artesanal", afirma. "No estoy en contra de los montajes modernos -puntualiza-, sino contra esa obsesión de buscar algo nuevo". "La gente está muy preocupada en dejar su sello, pero todo está escrito. Echo en falta directores con una visión más profunda y un mayor conocimiento de la partitura", sentencia.
El Anillo de La Fura dels Baus es uno de estos montajes innovadores y, por tanto, atrevidos. Salminen pasa gran parte de su tiempo en escena sobre un armazón. . "A mí me gusta que me asesoren y que haya un trabajo actoral en la escena, pero aquí lo echo en falta", dice. "La Fura -juzga- ha dado mucha relevancia a la tecnología y de cara al espectador es una producción muy visual y estética, pero las relaciones entre actores quedan en segundo plano".
Musicalmente, todo son elogios. La Orquestra de la Comunitat Valenciana es "comparable a las mejores del mundo" y Mehta es un viejo conocido. "Fenomenal", dice en español al ser preguntado sobre el director, marcando las sílabas, con su atronadora voz de bajo y una sonrisa en su rostro de innegable herencia vikinga, en el que las mejillas y la nariz adquieren pronto un característico tono bermellón. "Llevo unos cuantos "Anillos" con él. Siente la música y cada día se esfuerza por llegar a lo más sutil. Los cantantes tienen sus días buenos y no tan buenos y Mehta sabe hasta dónde puedes llegar".
Salminen no es de los que cancela mucho, afirma. Conoce bien los recursos y técnicas. "Los cantantes que no están al 100% y piden avisar al público lo que consiguen es que la gente esté más concentrada en ver si no llegan".