Una pareja se ha reencontrado diecisiete años después de separarse y han decidido casarse. A mí la noticia me parece bien y mal a partes iguales. Bien, porque creo en el amor y Steve Smith y Carmen Ruiz Pérez parecen ser la prueba irrefutable de que, de verdad, existe.
Por si alguien no lo sabe (cosa que dudo, porque estos días de verano las noticias corren como la pólvora ya sean los bolsos de Rita, las anchoas de Zapatero, los regalos que supuestamente reciben todos los políticos o los amantes que burlan al destino y se empeñan en ser felices para siempre) les resumo la historia: Steve y Carmen se conocieron en 1992 cuando tenían 25 años y ella se fue a Inglaterra para aprender el idioma. Pasaron un año juntos, hasta que ella se mudó a París para trabajar en una tienda y perdieron el contacto. Seis años más tarde, a los treinta y uno, Steve mandó una carta a casa de la madre de ella. La madre la colocó sobre la chimenea para cuando la hija fuese a visitarla.
La fatalidad hizo que la carta se cayera detrás del armatoste y el hecho de que en esa casa no movieran la chimenea para limpiarla con la periodicidad que la higiene aconseja, convirtió la historia en drama: Carmen tardó diez años en leer lo que el enamorado había escrito, a saber: "Espero que estés bien. Te escribo sólo para preguntarte si te has casado y si alguna vez todavía piensas en mí. Sería estupendo saber de ti, por favor ponte en contacto si puedes".
Como no tuvo respuesta, Steve supuso que se habría casado y dio por zanjado el asunto. Diez años más tarde, recibió la llamada de ella y ambos descubrieron que seguían enamorados. Según ha contado Steve, el reencuentro fue "como una película. Corrimos por el aeropuerto hasta abrazarnos. Nos volvimos a ver y nos volvimos a enamorar por completo otra vez. A los 30 segundos de habernos visto ya nos estábamos besando" y unos días más tarde, ya se habían casado.
Eso es lo que me parece bien: la idea del amor sin fin, de la media naranja, de las dos mitades del mismo ser separadas por los dioses envidiosos que terminan encontrándose, el triunfo del final feliz. Esto es lo que me parece mal: la broma del destino que convierte una historia común en un folletín y los cadáveres sentimentales que habrán quedado por el camino en estos diecisiete años, es decir, los hombres con los que se ha relacionado Carmen y las mujeres que han estado con Steve sin saber que ambos tenían en la cabeza a otra persona.
Pero, sobre todo, lo que no me gusta de esta historia es la duda que me queda: ¿bastan unos segundos para saber que esa persona de la que has estado separada diecisiete años es el amor de tu vida? ¿Son suficientes unos segundos de carrera loca por un aeropuerto y unos besos desatados para comprender que la mujer que tienes enfrente con cuarenta y dos años es la misma que conociste con veinticinco? ¿Es lo mismo estar enamorado de alguien que estar enamorado del amor? ¿De verdad? ¿Es lo mismo?
Quizá sí. Pero quizá no y esta pareja, como tantas otras, debería hacérselo mirar. Yo, como no lo tengo claro, me quedo con la duda.