Ainhoa Arteta puso a la totalidad del público que abarrotaba el Teatro Romano de Sagunt, el pasado miércoles, cuando en el tercero de los bises de su concierto, para agradecer los fervorosas aplausos, jaleados con no pocos bravos y piropos, abandonó el recurso amplificador del micrófono y canto la nana Summer time del Porgy& Bess de Gershwin. Con el sólo acompañamiento al piano de Iván Melón Lewis (eficaz y conectado siempre, en desembarazada reciprocidad, como el resto de los miembros de su banda) redondeó el éxito de un concierto en el que la fascinación fue la nota dominante.
La cantante guipuzcoana, posee una significativa versatilidad que le permite abordar un repertorio de música ligera, a la que acaricia con la dulzura de su voz mórbida, de cristalino fulgor. Sin perder la impostación, las medias voces acompañadas de esfumaturas, pianísimos, un fraseo muy preciso en la identidad de los motivos (todo ello son recursos de su excelente técnica de canto) le permitieron dotar un programa muy variado de una personalidad muy propia, que sazonó con un decir sensorial, lleno de intimidad, efusión y hasta ternura. Interpretando el contenido de su exitoso y reciente disco La vida desde la chanson francesa, a las baladas italianas, pasando por temas, mexicanos antillanos, sudamericanos, otros de jazzÉ y hasta una canción vasca, dicha desde lo más hondo del sentimiento vernáculo, Arteta supo en cada versión implicarse totalmente en lo intrínseco de la música, sin dejar por ello de ser fiel a sí misma y a su propósito interpretativo, seductor y melodioso. La soprano tiene la virtud de la complicidad y de dar la impresión de que canta, individualmente, para cada una de las 800 personas que ayer estaban en el histórico coliseo romano.
Siempre cercana y con una afabilidad lozana, que traspasaba de inmediato la batería, iba presentando con anécdotas personales, cada uno de los temas que interpretaba. En esto se acercaba mucho a las cantantes de música ligera, con cuya desenvoltura escénica anduvo muy vinculada, sin dejar en todo momento de mantener la elegancia innata que la caracteriza. En los temas sincopados movía su cuerpo, enfundado en elegantes vestidos de raso, que marcaban su esbelta figura y dejaban adivinar su incipiente estado de gestación, con una exquisita finura y un sensorial vaivén del ritmo, incentivando el cálido y cadencioso clima de sugestión de las canciones.
Antes de comenzar su actuación, la tolosarra dedicó la misma a la memoria del fallecido conseller García Antón, siendo acogido su gesto con aplausos, como lo fue su alegato en pro del final de la violencia del terrorismo, al interpretar Goizian argi Hastian.