ALICIA G. DE FRANCISCO VENECIA/EFE
Dos sueños muy diferentes se dieron cita ayer en la competición oficial de la Mostra de Venecia: el revolucionario de 1968 en su versión italiana, con El gran sueño, y el de libertad en la Teherán de la época del Sha de Irán, en Mujeres sin hombres.
Mientras el actor y director Michele Placido hace una recreación benevolente de las protestas estudiantiles en Italia con un filme entretenido y realista pero sin mucho que aportar, la iraní Shirin Neshat utiliza una vía mucho más poética, de una extrema belleza formal y con una buena carga crítica para contar la falta de libertad de las mujeres a finales de los años cincuenta en Irán.
Mujeres sin hombres está ambientada en 1953 en un convulso momento para la sociedad iraní, cuando se produjo el derrocamiento del entonces primer ministro iraní Mohammad Mossadegh, en un golpe de estado orquestado por la CIA.
A través de la vida de cuatro mujeres de diferentes estamentos sociales, Neshat juega con la sutileza y los silencios para mostrar las dificultades a las se enfrentaban, en términos de falta de libertad, violencia y escasez de oportunidades.
El punto central de la película es la cuestión de la libertad y la democracia dijeron sus responsables.
Plácido por su parte construye su filme a partir de recuerdos personales ya que en Roma fue dos años policía y cuenta sus experiencias a partir de dos hermanos de una familia burguesa.