El concierto con que la Sociedad Filarmónica de Valencia ha inaugurado el curso 2009-10 responde cabalmente al tipo que más éxito ha demostrado obtener entre sus socios a lo largo de los años: una orquesta tocando una obra corta de introducción, un concierto y una sinfonía extraídas del repertorio que va de mediados del siglo XVIII a mediados del siglo XX, siempre dentro de la tonalidad. Como los músicos contratados para la ocasión se comportaron con gran corrección general, la satisfacción fue completa.
La produjo ya el Concierto en mi bemol mayor, Dumbarton Oaks, en 1938 la última obra neoclasicista de Stravinski. El movimiento mejor redondeado fue el Allegretto central, donde los solistas de viento madera se fueron luciendo sucesivamente. Al anterior le faltó apenas un punto superior de claridad en las voces graves; al siguiente, de fuerza en unos ataques y acentos que quedaron algo romos. El joven basiliense Simon Gaudenz, director titular del Collegium Musicum, dirigió el acompañamiento del Concierto para clarinete de Mozart con más suavidad aún, aunque no reñida con un tempo muy vivo en los allegros. La sueca Karin Dornbusch agradó por la seguridad alcanzada en el dominio de su instrumento a una edad evidentemente también muy corta, pero sobre todo por la madura modelación de un fraseo que en la reprise del Adagio alcanzó cotas extraordinarias de delicadeza. El primer movimiento de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn se benefició de la repetición de la exposición, pues así la progresión del juego de tensiones se pudo someter mejor al control de la mano izquierda del director (en él la de la batuta). En el Saltarello final, la tendencia de éste a o dejar margen para la distensión estuvo a punto de hacer que se le fuera de las manos el discurso, concretamente hacia el final de la segunda repetición de la primera sección. Con los dos movimientos centrales no se supo tanto qué hacer, y el buen rendimiento de las trompas en Trío del tercer movimiento quedó aislado.