Mahler: Tercera Sinfonía
àlau de la música (valencia)
Yaron Traub. Int. Nathalie Stutzman (contralto), Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats, Coral Catedralícia de València y Orquestra de València.
En su primer concierto de la temporada, la Orquestra de València y su titular Yaron Traun ofrecieron una estupenda versión de la ambiciosa Tercera sinfonía de Gustav Mahler.
En el aspecto técnico no todo fue redondo (¡ay, el postillón!), pero la combinación equilibrada de brillantez y sutileza, la alternancia en la producción y liberación de tensiones, en suma, todas las diversas emociones vertidas en la extensa partitura se transmitieron con perfecta calibración de fuerzas y velocidades.
El poderoso arranque de la obra, con su potente trompetería desplegada, y la vehemente descarga de los violonchelos que le siguió no fueron detalles aislados de calidad, pues Traub dirigió con trazo firme el vasto tracto inicial (más de treinta minutos), sin el más leve desmayo que pusiera en peligro su cohesión interna.
Las numerosas marchas las marcó con ritmos duros que no excluían el sarcástico humor del compositor.
En sus respectivos largos solos, trombón y trompeta estuvieron elocuentes, y entre los competentes percusionistas destacó la sensibilidad de Pascual Balaguer al bombo.
En el segundo movimiento, el fraseo reposado del tema principal se acompañó de una inquietud soterrada a la que los mercuriales episodios dotaron de sentido.
Para ser igual de satisfactorio, al tercer sólo faltó que el solista principalmente implicado no hubiera fallado tantas notas.
La contralto Nathalie Stutzman dotó de solemnidad al nietzscheano O Mensch!, aunque en las notas más altas no acabó de resistir la lentitud del paso y en la última frase acomodó las sílabas a su conveniencia.
En el otro número vocal, las dos formaciones corales dirigidas por Luis Garrido tuvieron la gracia angelical que se les demandaba. Como coda y compendio, el final resultó modélico por el mimo y la delicadeza con que se abordó.
En el sublime canto de las cuerdas los solos de las maderas se insertaron con coherencia, y del misterioso clima creado la transición a la apoteósica conclusión surgió con naturalidad.