Aproximadamente trescientos años de música se condensaron en la poco más de una hora que duró el programa oído en la segunda convocatoria del presente curso de la Filarmónica. Lo ofreció de manera más que notable la Orquesta de Cámara del Cáucaso bajo la dirección de su titular, el director alemán Uwe Berkemer.
En los estudios de grabación y en los auditorios, hoy en día compositores como Boccherini son seguramente ya más habituales con instrumentos "originales" que con "modernos". Por lo general, también más interesantes. Las excepciones, claro, corren por cuenta de los intérpretes de calidad. Para muestra este botón. La energía, tensión, densidad y garra con que arrancó marcó la tónica por la que se rigió toda la Sinfonía G. 500 y se hizo extensiva al resto de obras.
Los doce instrumentos de cuerda se redujeron a nueve para la Sonata nº 3 de Rossini, que prescinde de las violas. La versión volvió a agradar mucho. En el Allegro apenas se habría debido evitar cierta tirantez de los segundos violines en su pasaje de semicorcheas. No todas las ediciones de la partitura reservan la sección central del Andante para el lucimiento individual de los primeros atriles, pero el atractivo de la solución fue innegable. Y la sensación de variaciones superpuestas a la forma sonata en el Moderato resultó asimismo preciosa.
La Serenata op. 20 de Elgar gustó también en su conjunto. Sobre todo, sin embargo, el Andante central, fraseado sin aquella afectación que tantas otras veces empalaga.
A Britten se lo invocó al principio como arreglista de la Chacona de Purcell, y al final con su Sinfonía simple. En el primer movimiento de ésta se tomó un tempo un punto demasiado rápido, que no dejó espacio para el pasaje Animato. Tras un perfecto pizzicato, la Zarabanda se resolvió con marcadas dinámicas, y el final con una combinación ideal de brío y sobriedad.
El folclore caucásico afloró en las tres hermosas propinas, la primera con la sorpresa de la exhibición de buena voz de barítono realizada por el director.