ALFREDO BROTONS MUÑOZ
Fue este un concierto de los que hacen inexplicable cómo la Filarmónica tiene tan pocos si no es que, además, cada vez menos socios o, en todo caso, cada vez menos asistentes. Lo ofrecieron dos españoles, una griega de origen ruso y un inglés. Interpretaron sendas obras de dos compositores bien representativos de la idea que en Occidente conecta la música artística con el humanismo.
El Trío op. 8, ofrecido en su segunda versión, no será conocido por todo el mundo, pero su escucha conmueve a todo oyente precisamente por la humanísima combinación, romántica en la superficie y clásica en el fondo, de fuerza y mesura que en ella se expresa. La versión fue redonda por la delicadeza con que se frasearon las tiernas tiradas del Adagio y el brío nunca descontrolado del final. Antes, sin embargo, ya habían maravillado el equilibrio que en el Allegro inicial tuvo el unísono con que al final del desarrollo se vuelve a la tónica o la elocuencia con que en la coda se observaron las indicaciones primero de tranquillo y, luego, de sempre sostenuto en la vuelta al tempo básico. También cómo las mismas virtudes produjeron un delicioso contraste entre el vivo Scherzo y su sereno Trío.
El Cuarteto para el fin del tiempo de Messiaen aún consiguió elevar la tensión emocional porque la pieza es prodigiosa en todos los sentidos, desde su concepción en condiciones de máxima precariedad hasta su concreción sonora. Para interpretarla se sumó al grupo Sasha Rattle: hijo del famoso director Simon, a sus veinticinco años y con sólo esta actuación como muestra puede afirmarse sin peligro de error que es un magnífico músico. Lo demostró por supuesto con su solo, pero también con la parte que asumió en el diálogo con los demás instrumentos. Hubo, por supuesto, nuevos unísonos milimétricamente medidos y calibrados, más arrebatadores trenos del violín y el chelo con acompañamiento de piano. Los asistentes que resistieron hasta el final aplaudieron con fuerza. Avergüenza bastante que fueran tan pocos.