Ballet Marinski
palau de les arts de valencia
Orquesta y Ballet del Teatro Marinski de San Petersburgo. Director: Valery Gergiev. Obras de Chopin, Stravinski y Rimski. Palau de les Arts, 9 de noviembre.
La presencia de la danza en el Palau de les Arts viene siendo escasa y, por lo general, en las producciones operísticas propias una componente que ha rayado a una altura bastante inferior a la del resto de cada espectáculo. Escasa y, además, abrumadoramente foránea, pues los proyectos en marcha para el cultivo autóctono de este arte darán frutos a largo plazo, y aun eso si las promesas de apoyo formuladas por las autoridades se cumplen.
Escasa y foránea, sí, pero de primerísimo nivel en temporadas pasadas; insuperable en el caso de la visita del Teatro Marinski de San Petersburgo. Sus solistas y cuerpo de baile, con su orquesta y su director titular en el foso, hicieron que se pudiera disfrutar de la maravilla en toda su integridad, esto es, la mágica fusión in situ entre lo visto y lo oído.
Lo visto en este homenaje a las temporadas de los Ballets Russes de Diaghilev en París a comienzos del siglo XX es una explosión de belleza plástica imposible de abarcar más que mínimamente en una sola velada. El tiempo ha convertido en clásicas las coreografías de Chopiniana, El pájaro de fuego y Scherezade firmadas por Fokin, pero siguen tan frescas como el primer día. Las ponen en pie cuerpos perfectos gobernados por técnicas exquisitas, sobre fondos escénicos tan sencillos (para lo que hoy en día se lleva) como hermosos. Si algún bailarín o bailarina destaca, es porque algún rasgo lo distingue de los demás, no porque los supere.
En cuanto a lo oído, tampoco cabe más que el elogio más entusiasta y sin excepciones. Los colores sonoros de esta orquesta, conservados en su pureza eslava, no podían sino convenir a Stravinski y Rimski. Lo más importante, sin embargo, son los enormes conocimientos y entrega que los músicos y su director ponen en juego para contarnos con sonidos lo que con la misma máxima elocuencia se nos hace ver sobre el escenario. Y Gergiev, con o sin batuta, de pie o sentado, acompañando con la voz o en silencio, aparece como el demiurgo creador de la belleza absoluta, en ese grado sinónima del bien y la verdad.