Uno de los debates más viejos e inútiles a propósito de Haydn gira en torno a la calidad relativa de Las estaciones frente a La Creación. En el Palau, hace exactamente doce años lo zanjó Bernard Haitink en una velada en la que el de la Radio de Baviera se reveló como posiblemente el mejor coro del mundo. Ahora acaba de remachar el clavo John Eliot Gardiner con su magnífico de siempre y una de las orquestas de instrumentos originales de las varias con que suele trabajar. En su conjunto, por concepto y ejecución, la versión apenas pudo haber salido mejor.
La extensa obra se presentó como un gran fresco donde encontraron cabida holgada lo pictórico, los efectos teatrales y la sabiduría contrapuntística. Llamó particularmente la atención la inteligencia con que se alternó un humor muy fino en lo onomatopéyico y el desenfado abierto en los momentos en que la danza popular constituía la base de partida.
Este Haydn final estaba ya muy cerca de Beethoven, pero en pasajes como las fugas revelaba asimismo una asimilación muy avanzada de las enseñanzas de Haendel. Menos se hizo notar la influencia mozartiana, curiosamente subrayada por Gardiner con fuerte trazo en su grabación casi ya veinteañera.
El Coro Monteverdi estuvo espléndido en todas sus intervenciones, pero en la alabanza al sol, la descripción de la tormenta, la oda al esfuerzo, el canto báquico, la canción de las hilanderas o el final, es decir, prácticamente a cada paso, se superó a sí mismo. En las tres actuaciones que con ésta ha cumplido sobre este estrado, Sophie Karthäuser siempre ha gustado, pero en cada una más que en la anterior, de modo que esta vez ha demostrado una enorme calidad técnica y musical. En la segunda suya, James Gilchrist se ha confirmado como poseedor de un muy hermoso timbre y una capacidad enorme para el matiz dinámico. Nuevo en la plaza, Matthew Brook exhibió color noble y calidez expresiva a raudales. En la orquesta, hasta las trompas rayaron casi la perfección absoluta.