CONCHA BARRIGÓS MADRID/EFE
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Con palabras conquistadas una a una como si fueran cotas de las playas de Normandía, Joaquín Sabina ha compuesto, tras cuatro años de "sequía", Vinagre y Rosas, un "monotemático" sobre el "desamor", con el que quiso ser "infiel" a su caricatura y con el que, anuncia, se despide de los escenarios "totus tuus".
"Estoy mucho mejor que hace 15 años pero salir delante de 40.000 personas es un ýtotus tuusý y se pierden todos los matices. Las giras a los 60 años aterrorizan pero ésta -la de promoción del disco, que comienza el día 20 en Salamanca- es la última en esos sitios", anuncia.
Despedirse de los grandes escenarios no significa que no vaya a actuar más, sino que lo hará en "teatritos", donde sus conciertos "no se confundan con una misa pagana . Haré esta porque le debo a la gente que ha estado conmigo estos años, pero nunca más".
Dice que en los diez últimos años -en 2001 sufrió una isquemia cerebral leve- ha levantado el pie del acelerador y ya no amanece en los bares, ni anda "por ahí perdido en no se sabe qué cama", ni se "maltrata la nariz".