ALFONS GARCIA VALENCIA
Sucedió en octubre de 1959. En Beniarjó (la Safor). Joan Fuster, Salvador Espriu, Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Josep Maria Castellet comían en una mesa con las autoridades locales como miembros del jurado del premio de poesía Ausiàs March, creado (15.000 pesetas para el de valenciano y lo mismo para el de castellano) aquel año con motivo del quinto centenario de la muerte del halconero real.
Al ágape se autoinvitó una mosca de la fruta (ceratitis capita, para los iniciados) que tomó como objetivo "la amplísima frente prolongada hasta la nuca" de Alonso. Cansado del hostigamiento aéreo, el autor de Hijos de la ira tomó la servilleta y la proyectó con velocidad, fuerza y éxito sobre la calva. Al retirarla, todos pudieron ver sobre ella "el cuerpo inanimado del díptero y una gotita de sangre al lado".
"¿Lo ha visto, Castellet?", dijo Espriu, "creo que no lo podré soportar. ¿Verdad que me disculparán unos minutos?" No lo volvieron a ver hasta el café.
El poeta catalán, que había aceptado la invitación con el fin de conocer a Fuster -con el que mantendría desde entonces una fecunda relación epistolar-, escribió después un poema que no se entiende sin esta anécdota. Se titula Recepta per a caçar un momotombo (esta es la palabra que Espriu inventó entre bromas con Fuster para referirse a los "tétricos" compañeros de jurado). Y acaba: "Voleu caçar un momotombo? / A gratcient foteu-li el bombo".
Lo cuenta Castellet (Barcelona, 1926) en un libro de retratos personales de seis nombres de la cultura del siglo XX que acaba de publicar: Seductors, il·lustrats i visionaris. Sis personatges en temps adversos (Edicions 62).
El capítulo dedicado al intelectual de Sueca (Joan Fuster. Una conversa i quatre xafarderies) dibuja con humanidad, humor y proximidad al escritor joven -tenía 37 años-, anterior al fenómeno de Nosaltres els valencians.
Así lo describe en mayo de 1959, cuando se encuentran en Mallorca, durante las Conversaciones de Formentor: "El cabello rigurosamente negro, liso y peinado hacia atrás: el bigote impertinente y un poco anticuado; las gafas, modernas. Mantenía la viveza de la mirada y aquella perpetua ironía que siempre destilaba. Las facciones inevitablemente agresivas, por la agudeza de la nariz de aguilucho. Todo él tenía un aire distinguido que rezumaba una personalidad atractiva".
¿Qué hacía en un hotel de lujo mallorquín? "Ver y oír a esta tropa de intelectuales soi-disant que no dice más que burrada tras burrada", contesta Fuster.
Es el mismo que, unos meses después, en la Safor, le dice a Castellet sobre los tres ilustres compañeros de jurado: "Entre el ciprés de [Gerardo] Diego y los de Sinera, el millón de cadáveres de Damaso [Alonso] y la "meditación de la muerte" de Espriu estamos delante de tres tétricos".
Y el que está a punto de estallar a carcajadas cuando Alonso le explica a Espriu que allí donde va lleva consigo un "negrario" (un paño negro con el que cubre las ventanas), sin el que no puede dormir, y unos tapones de cera de la marca Noisén ("no hi sent", "no oye", bromea el poeta).
Pero junto a las bromas, los recuerdos del crítico y escritor catalán tienen como fin reconocer la influencia del de Sueca en la antología Poesia catalana del siglo XX que Castellet publicó con Joaquim Molas en 1963. Se la encargó Max Cahner, editor muy cercano a Fuster. Años después, el inventor de los Novísimos recordó el interés del ensayista en aquellos encuentros de 1959 por si era posible una recopilación en catalán -literatura que temía afectada por el mal de la clandestinidad y el secretismo- como la que preparaba en castellano. "Con el tiempo -escribe Castellet-, la figura de Fuster se me ha hecho más presente en el recuerdo [É] Es el humanismo surgido de un escepticismo sobre la realidad del mundo, matizado por la sabiduría, la ironía y el sentido de la temporalidad cambiante. Un Fuster muy cercano a todos nosotros".