El violonchelista estadounidense de origen israelí Matt Haimovitz (Bat Yam, 1970) deslumbró como niño prodigio a finales de los años ochenta. En 1990 y 1993 nos lo trajo la Filarmónica, que ahora nos lo ha devuelto tocado de coleta y con atuendo de relativa informalidad juvenil. El reencuentro decepcionó más que un poco, principalmente porque su sonido es bastante duro, áspero, mate y no muy grande. La técnica de arco y dedos, en cambio, es más que notable. Del Cuarto concierto de Boccherini lo más destacado en positivo fue un Adagio de atmósfera lunar muy convincente. Menos gustaron los emborronamientos en los pasajes de dobles cuerdas del Allegro previo y las pérdidas de brillo en el registro agudo que se produjeron en el último. Ahora que ya se puede dar a Carl Philip Emanuel Bach como compositor habitual en los catálogos discográficos, complace mucho verlo por fin despegar una programación como en la que ahora se ha incluido. Haimovitz y sus acompañantes mejoraron en la transmisión de las fuertes tensiones que recorren un Wq 172 cuyo unísono orquestal que introduce el Largo central constituyó seguramente el pasaje más memorable de toda la velada. La Orquesta de Cámara de Berlín, que tampoco venía por Valencia desde 1993, formó con quince músicos de cuerdas inusualmente distribuidos (5-4-2-2-1). En los dos conciertos, proporcionaron a Haimovitz una base más sólida de lo que fueron los resultados globales. Antes habían gustado sus Cinco danzas alemanas de Schubert, sobre todo por los expresivos episodios centrales para quinteto, donde el concertino-director Michael Erxleben (Dresde, 1960) lució un muy atractivo color instrumental. También luego, en una Burlesca de don Quijote de Telemann donde la carta descriptiva se jugó con la moderación expresiva impuesta por un estricto rigor estilístico y la brillantez en la gestión de los reguladores en el segundo número, la velocidad extrema en el tercero o la traducción musical de los suspiros en el cuarto.