Pocas veces hemos tenido en Valencia la oportunidad de ver en directo a Albert Vidal, a este histórico del teatro catalán que siempre ha ido a la suya, un heterodoxo que, habitualmente, ha permanecido fuera de tiesto de cualquier manifestación escénica. Poliédrico creador que, a lo largo de su trayectoria, ha producido obras de teatro visual; performances, como aquel recordado hombre urbano en el zoo; cortometraje; vídeo; conciertos, y participado en películas y en diversas producciones televisivas.
Un profesional polémico que ha hecho y sigue haciendo de su carrera un continuo riesgo. Pero, ante todo, un notable artesano de la voz y, especialmente, del gesto. Herencia, se dice, de tres grandes maestros: Jacques Lecoq, Darío Fo y Kazuo Ohono. Es lo que con mayor precisión se puede destacar del presente trabajo. Vidal me pareció en todo momento un actor expresionista escapado de las pantallas del cine en blanco y negro de los años veinte. Sus recursos precisos, y su trabajo escultórico, donde la posición de las piernas, los brazos y los dedos tienen mucho que decir. Y dicen.
De todos modos, este dominio no pudo convertir en teatro lo que no era. Porque Vidal, en esta ocasión, ha querido dar vida más que a situaciones teatrales, a una serie de ideas para reivindicar la magia frente al absurdo cotidiano.
Pero eran sólo eso, ideas, alguna frase destacable que se perdía en medio de una marea de palabras. Y no es que busque una mayor coherencia, y no admita el atractivo del toque surrealista, pero sí que creo que falta trucaje para atraer al espectador. La mayor prueba para demostrar esto es que sí que hay en el montaje dos momentos que despiertan: la magnífica escena del encuentro con la pintura moderna, o la del empleado de banco convertido en un trilero. Precisamente, cuando ocurre algo, cuando surgen situaciones teatrales.
Momentos fugaces que bastan para demostrar la talla de este actor, pero no para valorar positivamente un todo que decepciona. En fin, Vidal sigue yendo a la suya.