OLGA BRIASCO VALENCIA
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?Las palabras de Esther Tusquets en su último libro Habíamos ganado la guerra: "Acabaré siendo una vieja dama indigna, haré lo que quiera y diré todo lo que pienso" fueron premonitorias del segundo volumen, escrito por una mujer que se considera "más inconsciente que valiente" por dar a conocer abiertamente sus pensamientos.
Pero ese ejercicio "no responde a una necesidad personal, no es una terapia ni tiene intención de escandalizar". Tusquets visitó ayer Valencia para presentar Confesiones de una vieja dama indigna (Bruguera), un libro que dudó en hacer porque "escribir hasta la época actual es más violento y te sientes más coartada: La gente está viva y son personas que ves constantemente".
De hecho, tiene palabras para los Maragall, Ana María Moix, Ana María Matute, Goytisolo o, entre otros muchos, Pere Gimferrer. Sus vidas se cruzaron gracias a la editorial Lumen y la generación gauche divine (grupo cultural en el que había arquitectos, editores, artistas, periodistas o cineastas), que se oponía a la dictadura franquista.
"Yo no jugué ningún papel en el grupo pero era amiga de muchos de ellos", comenta Tusquets sobre una generación que para ella es "brillante". "Algunos de los retratos punzantes son de personas que nunca han sido amigas mías", como es el caso de Rosa Regàs, a la que su comentario "no le ha gustado ni le podía gustar". En su libro le acusa de apropiarse libros y de arruinar Ediciones de Enlace.
Las páginas se centran también en su papel al frente de la editorial Lumen, etapa que dice no añorar y cuyo trabajo califica de "gratificante".
Tusquets confiesa que "me cayeron dos súper best sellers-Mafalda y Elnombre de la rosa- sin que lo buscara, ni creyera que lo fueran".
A sus 73 años recuerda con exactitud cómo logró los derechos de la creación de Quino. "Me lancé como loca a por los derechos de Mafalda cuando me enteré en Frankfurt que los vendían" y sostiene que "lo hice porque a mí me gustaba, no porque pensara que sería un gran ventas".
Algo similar sucedió con la novela de Umberto Eco. Pero también desaprovechó la oportunidad de editar grandes libros, como es el caso de Las cenizas de Ángela.
En Confesiones de una vieja dama indigna, rescata "una centésima parte de lo que me ha pasado en la vida" pero también da a conocer sus secretos más íntimos: Admite una cierta atracción por las mujeres y acerca su relación con Gimferrer. "Es el libro en el que doy a conocer más aspectos de mí misma", asegura. Alejada ya del mundo editorial analiza el panorama literario: "Se escribe mucho y bien pero quizá en los años 60 y 70 fue más espectacular."