El agradecimiento que todos los melómanos valencianos debemos a Miguel Ángel Gómez Martínez por su labor en los años en que desempeñó la titularidad de la Orquestra de València se concretó en la felicitación por su 60 aniversario explicitada en el programa de mano. La actuación de la celebración mereció un reconocimiento mayoritario del público que volvía a llenar el aforo de la Iturbi. Mayoritario, no unánime.
La Canción de las Acuarelas valencianas de Eduardo López-Chavarri Marco se inició con tersas frases de las cuerdas, pero la claridad ya dejó de ser tanta en la sección central. En Estival la intensidad fue un punto mayor en la intención que en la realidad sonora, y lo más deleitable de la pieza acabaron por ser el fragante solo de la concertino y el eco que de él se hizo el viola solista en la Danza conclusiva.
Más ardua aún se reveló a continuación la tarea de levantar los ánimos en el Cuarto concierto para piano de Saint-Saëns. Esta es obra que, por ejemplo, necesita que su inicio se frasee con misterio muy difícil de captar si simplemente se atiende a la literalidad de lo escrito en la partitura. El pianista canadiense Marc-André Hamelin (Montreal, 1961) pareció fiarlo todo a la intachabilidad técnica, pero sin añadir a esa virtud la de una capacidad poética muy difícil de mostrar cuando el Allegro vivace se lleva demasiado rápido y el Andante lentísimo. La transición al Allegro en mayor fue lo más ajustado tanto rítmica como expresivamente. Ante los fuertes aplausos, Hamelin concedió dos propinas, éstas sí apreciadas no sólo justamente, sino incluso, la primera, hasta prematuramente.
El Zaratustra straussiano, con el que el maestro Gómez inició su titularidad de la orquesta en 1997, debe de ser una de sus obras más frecuentadas. Sin embargo, la última no habrá sido seguramente la más satisfactoria. Desajustes técnicos los hubo, pero sobre todo se echó de menos aquella inefable continuidad y ligazón entre destellos aislados de emoción. El más emocionante de éstos fue el largo silencio final: una guinda mayor que la tarta.