ALFREDO BROTONS MUÑOZ
n mayo de 2006, la Filarmónica trajo a Torsten Janicke (Dresde, 1958) como concertino de la misma orquesta de cámara con la que ahora ha vuelto también como director. La impresión de moderación a todo trance como norte interpretativo ha sido aproximadamente la misma.
La tuvo ya la interpretación de Apolo y las musas, seguramente el fruto más deleitoso del período neoclásico de Stravinski. Los ataques llegaron a antojarse demasiado blandos para ciertos números, especialmente para un Pas d'action que en el número 35 de la partitura sonó muy confuso. En cambio, el Pas de deux resultó de una delicadeza estupenda, más aún la Coda (incluido el pasaje repetido del Agitato, por excepción muy vital).
Para el Concierto BWV 1060 se sumó Tom Owen (Sussex, 1980), cuyo oboe interpretaba la parte de la mano derecha del segundo solista de la versión para dos claves, mientras que el violín asumía la del primero. Aunque el sonido del británico no es de los que enamoran a primera escucha, salvo por la pifia y los desajustes ocurridos en los compases 2 al 4 del Adagio central todo sonó en su sitio y a su hora. El producto fue especialmente grato en un Allegro conclusivo tampoco cien por cien limpio, pero bastante bien movido.
En las Cuatro estaciones, a la danza campesina y a los porrazos sobre el hielo con que respectivamente concluyen la Primavera y el Invierno les volvió a faltar el grado de energía que los hiciera tan creíbles como en el Otoño sí lo fueron la fiesta de la vendimia y la cacería, a pesar de que tanto el borracho como la presa a Janicke, aparte de con alguna desafinación, le salieron demasiado medidos salvo en los momentos de derrumbe para el primero y muerte para la segunda. Como cabía esperar de lo dicho, los movimientos lentos fueron los mejor resueltos.
Los asistentes, de nuevo muy pocos, se mostraron satisfechos con aplausos correspondidos con el Tango vital de Astor Piazzolla como propina que, quizá por lo explícito del título, contradijo casi frontalmente el resto de lo oído.