Ya decía Joseph Addison, un ilustrado inglés del siglo XVIII, que todo lo que es nuevo o singular da placer a la imaginación, porque llena el espíritu de una sorpresa agradable, lisonjea su curiosidad, y le da idea de cosas que antes no había mentado. Mucho de esto hay en la última trayectoria del autor y director valenciano Roberto García, alcanzando un buen tono en espectáculos como Pica, ratja, tritura, OralMobie Disc, con el que indagaba sobre las posibilidades para la creación teatral que ofrece un universo sonoro.
Por ahí siguen los tiros teatrales en este último montaje producido por Dramatugia 2000. Montaje que bien se podría titular al revés: la fuga del arte. Porque eso es lo que acontece, el arte escénico se fuga para encontrar otras sensaciones, y sin llegar a la pura abstracción de bastante teatro contemporáneo.
La excusa, irónica, es una masterclass que imparte un carismático músico, Victor Essenbach, a una niña. Pero, independientemente de la misma, el propio autor y director del espectáculo intervendrá, como si de un making off se tratara, para realizar algunas revelaciones sobre la propia creación del trabajo. Lo que dará lugar a vuelcos en el trascurrir narrativo de esta divertida y, a veces, patética clase.
La cuestión es que, más allá de los sorprendes tiempos y contratiempos con que nos topamos, un único actor (magnífico Josep María Casany) le basta a Roberto García para crear una relación entre la carne actoral y la carne musical, aderezada por la letra escrita a modo de chateo (por lo dicho: la deidad del autor que baja al escenario, para acentuar situaciones).
El material obtenido es fraccionado, combinado y manipulado para crear una partitura generadora de, además de una curiosa teatralidad, un conjunto de juegos semánticos y alternaciones de un sutil conflicto. En fin, un ejemplo de diferentes y saludables aires escénicos que llegan de la mano de este creador polimorfo.