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HEMEROTECA » |
Orquesta de Valencia
palau de la música de valencia
Int.: Markus Schirmer (piano) y Orquestra de València. Director: Vladimir Fedoseyev. Obras: Rouse, Gershwin y Prokofiev. 3 de diciembre.
El elevado nivel de calidad técnica e interpretativa en que por fortuna se encuentra la Orquestra de València hace de ella un instrumento muy idóneo para calibrar la de los directores invitados que se suceden en el podio. Vladimir Fedoseyev (San Petersburgo, 1932) lo ha ocupado en varias ocasiones, siempre con un éxito mayor de público que de crítica. Ha vuelto a ocurrir en esta ocasión.
Abrió programa una obertura del estadounidense Christopher Rouse (Baltimore, 1949) que lo mismo que el de Phaeton habría admitido cualquier otro título salvo algo así como Atardecer en el prado. Tradicional (tonal) en sus armonías, tímbricamente apuesta por el estruendo, y no puede decirse que la versión no le hiciera justicia en ese sentido. En los demás faltó contenido a partir del cual emitir juicio fundado.
Sí admitió éste, y no favorable, la Rhapsody in Blue. El austríaco Markus Schirmer (Graz, 1963) resolvió su parte con limpieza, pero él y el director coincidieron una concepción muy «domesticada» de la obra, que se dejaba en el tintero buena parte de la componente jazzística que define su lenguaje. De hecho, tan espontáneos o más resultaron el Haydn y el Schumann ofrecidos por el solista como propinas.
Quedó para la segunda parte la Quinta sinfonía de Prokofiev, una de las composiciones, que sin la más mínima renuncia a los más inconfundibles estilemas de su autor, más se aproximan al tono y la intención habituales en Shostakovich. Así se apreció sobre todo en los dos movimientos centrales, no tanto en los extremos. En el inicial simplemente se oyeron las notas previstas, nada más. Al Allegro giocoso se le aplicó un tempo tan lento que hizo de todo punto incomprensible la transformación de lo idílico en una monstruosidad mecánica.
Por contra, en el Allegro moderato cupo percibir una opción consciente por la atenuación de los contrastes entre los sucesivos pasajes, y en el Adagio la de acentuarlos entre lo trágico y un lirismo al que los violines dieron estupenda expresión. Demasiado poco, sin embargo, para tanto aplauso.
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