Carmen Alborch

«No tengo espinas clavadas y la política es una convicción»

Senadora, concejala y escritora. Ella misma se define como «entusiasta». Fue ministra de Cultura con Felipe González y ahora está en el banquillo de la oposición municipal de Valencia. Acaba de publicar su cuarto libro, titulado «La ciudad y la vida», un repaso por su trayectoria y de historias compartidas. Cree que otra ciudad es posible y admite que a la política le sobra crispación y que existe cierta desafección entre ciudadanos y políticos. «Antes tenía una imagen más frívola de lo que era», confiesa.

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«No tengo espinas clavadas y la política es una convicción»
«No tengo espinas clavadas y la política es una convicción»  ferran montenegro

LA GALERÍA DE J. R. SEGUÍ Ex ministra, diputada, senadora, feminista, escritora, líder de la oposición... ¿Me aconseja el mejor epígrafe?
Una vez me preguntaron por mi epitafio y espontáneamente dije: Carmen, buena amiga, buena hija y mujer estupenda. Pero en este caso elegiría el de valenciana comprometida.
Y en todo este tiempo, ¿en qué papel se ha divertido más?
Tengo la fortuna de pasarlo siempre bien con mi trabajo y han sido muy distintos a lo largo de mi vida. Pero ninguno lo he abandonado definitivamente. Me continúa interesando la universidad, porque es el mundo del saber; me sigue interesando la cultura, porque forma parte de mis afectos y me fascina la política. Aún tengo gran curiosidad por todo lo que me rodea.
¿Se siente una mujer con suerte, o ha tenido la suerte de estar en el momento oportuno en el lugar al que miraba la suerte?
En la vida puede que todo tenga algo que ver con el azar, pero también con el trabajo. Siempre he pensando que lo más importante es tener a los mejores a tu lado, aunque a una le toque ser representante de un proyecto, porque con los equipos se comparten afectos, principios y valores.
Y ahora que ha cumplido la edad de Cenicienta, ¿se arrepiente de algo?
A lo mejor, de algunas formas. Quizás, en algún momento determinado, a la hora de tomar la decisión de cesar a alguien, puede que debiera haberlo hecho de otra manera. Me arrepiento más de las formas que de los hechos.
¿Qué es lo peor de la política?
La incomunicación o la incomprensión. En la política puedes estar muy convencida de una idea o de un proyecto y, sin saber por qué, no puedes comunicarlo oportunamente y compruebas que tus ideas no son valoradas. Además de la incomunicación, algo a eliminar es la crispación y la descalificación sin argumentos. Siempre he creído que el debate y la crítica son necesarios, pero las confrontaciones no son siempre buenas. Viví dentro del Gobierno aquel momento del "váyase señor González", y ahora estoy viviendo, por otras razones, situaciones muy duras. El insulto y la descalificación es lo peor de la política.
Quizás es que, aun teniendo una democracia consolidada, nos quede todavía por aprender de las sociedades más avanzadas.
La democracia se conquista y completa cada día. La democracia no es un asunto cerrado. En política es muy importante la pedagogía y que la ciudadanía disfrute de la suficiente información para que pueda formarse su criterio.
¿Y no cree que la ciudadanía, entre crisis y espectáculos, está un poco harta?
Es cierto que en estos momentos existe una desafección. La ciudadanía, actualmente, no quiere mucho a los políticos. Existe mucho ruido, manipulación y desinformación. Por ejemplo, en casos recientes no ha existido toda la transparencia necesaria por parte del Partido Popular y ha ocultado su verdadero rostro y sus intereses.
Su partido también gozó de momentos de similar gloria.
Por eso creo que la alternancia es interesante y que los políticos siempre debemos estar en predisposición de dar explicaciones. Pero también existen políticos que se resisten y no creen en el servicio público. Hay que pisar suelo todos los días. En el caso Gürtel, por ejemplo, ha habido gente que creía que el mundo era suyo.
Después de tantos cargos de responsabilidad, ¿qué es lo peor de estar en la oposición?
Creer y estar convencido de tener un proyecto mejor y, sin embargo, comprobar como tus propuestas no salen. Es una cierta sensación de frustración. Si uno gobierna puede decidir que «El llit del Turia és nostre i el volem verd» o que «El Saler és per al poble». Y esa idea que la ciudadanía reivindica se puede llevar a cabo. Ahora reivindico la vía verde y otros deciden que no. Pues vale. Pero no hay que resignarse sino trabajar mejor, ir dejando huella porque la política es convencer con armas y razones.
¿Qué imagen cree que la ciudadanía tiene de usted?
Que vamos mejorando con el tiempo. [Ríe] Quizás antes tenía una imagen más frívola de lo que era. Pero no lo era. Si quiere saco mi currículum.
En su libro hay decenas de imágenes y muchos recuerdos de una etapa irrepetible por muchas circunstancias sociales y culturales.
Gran parte de lo que hay en mi libro son historias compartidas. Todo libro es una reflexión y siempre escribo con cierta intencionalidad. Un libro es también una terapia.
¿Cuál ha sido la suya?
Revivir historias compartidas que están en la ciudad y ofrecen una visión de Valencia que rompe con la propia idea de la ciudad de hoy.
¿Cómo cree que sería el mismo libro escrito por Rita Barberá?
Ni idea. Éste es mi cuarto libro. Alguien escribió sobre ella. Pero sí sé que sería muy diferente.
Siempre se dice que uno vale más por lo que calla que por lo que cuenta. ¿Puede confesar algo que no haya incluido, que no quería contar o, mejor, no marear?
He contado lo que quería contar. Y he huido de lo que pudiera resultar conflictivo. Éste es un libro elegante. Pero, aun así, hay secretos e historias muy apuntadas.
Cuenta que uno de los momentos más difíciles en el ministerio fue cuando alguien le advirtió de que la recuperación del Teatro Real sería el comienzo de un final.
Los momentos más difíciles de alguien que está en el gobierno son los relacionados con el terrorismo, por ejemplo, el recuerdo del día que asesinaron a Tomás y Valiente. También existieron momentos muy duros en el Congreso; como también fueron duros las dimisiones de algunos ministros o los debates presupuestarios en el Consejo de Ministros, en época de vacas flojas. Además, en el entorno se respiraba una atmósfera muy complicada. Y luego parecía que la responsabilidad de todo era mía. Se caía la gárgola de una catedral, culpa mía... No digo que un día no escriba unas memorias.
Aunque un ministro prometa fidelidad a las deliberaciones de un Consejo de Ministros, sus reuniones diría que son …
No sé como serían las de otros gobiernos pero, al margen de que los debates fueran complicados y siempre quisieras convencer a Solbes de que tenías que solventar muchos problemas, era una época complicada. Felipe González siempre dijo que era el mejor Gobierno que tuvo porque, al margen de las dificultades, existía solidaridad entre sus ministros.
¿Y es verdad que decía: Carmen, escucha que luego no lo podrás contar?
No, no, no. [Ríe] Soy una tumba. Felipe siempre me demostró mucha confianza. Y todo lo que pedí, lo aceptó.
¿Deja algo pendiente en su memoria?
Me hubiera gustado inaugurar el Real porque hicimos muchos esfuerzos. Realizamos un pacto con el PP sobre la ampliación del Prado para evitar confrontación política. Pero lo primero que has de tener claro en política es que los proyectos que uno inicia suelen acabarlos otros.
Y cuando da una vuelta por Valencia, ¿qué piensa?
Que hubiera querido acabar el Museo San Pío V. Pero también que parte de nuestra memoria se ha intentado esconder. El Partido Popular ha querido borrar nuestra huella y escribe la historia como sin antes sólo hubiera existido penumbra y sombras. Creo que es hora de poner en valor lo que hicimos, aunque sólo sea por pura honestidad. Me parece que es importante que los jóvenes conozcan la lucha por la democracia. La vida no nos regala nada. Y ahora déjeme que le diga el epígrafe: entusiasta.
Su libro también es una puesta en valor por una generación que ha terminado recluida en sus cuarteles.
Es que coincidió un momento político que animaba a crear sinergias. Desde la política se daban impulsos. Ahora no. Y Rita Barberá es de mi generación. Pero todo depende de una forma de estar en el mundo, de valores y creérselo.
¿Va mucho al Rialto o al IVAM?
Alguna vez.
¿Y qué tal?
Regular.
Dicen que cuando alguien se pone a escribir memorias es aviso de cambio.
Por eso no son memorias, sino recuerdos. Pero no estoy pensando en cambiar ni creo que haya cumplido una etapa.
¿Qué tiene la política que aún le anime a seguir en primera línea?
El compromiso. Después de perder las elecciones municipales fue un momento muy duro y estoy contenta de estar aquí. Lo importante son las convicciones. En la ciudad quedan muchas cosas por hacer: desde rehabilitar los centros históricos hasta crear empleo, viviendas de protección oficial, un centro de diseño, más transparencia, que el río llegue al mar, rehabilitar el Cabanyal e incluso parar apisonadoras
¿Cómo sería su ciudad de alcaldesa?
La Constitución de Cádiz, en su artículo, 13, dice que «el objeto del Gobierno es la felicidad de la nación puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen». Y esto, que es de 1812, sigue siendo un ideario.
¿Y no tenemos la ciudad merecida?
O quizás que no han existido reglas de juego de igualdad. Se ha avanzado mucho en cuestiones de género, de democracia, pero no es suficiente. Deberíamos hacer autocrítica en aquello que no hemos sido capaces de conseguir, pero tampoco hemos podido utilizar lo nuestro en condiciones de igualdad, y no quiero entrar a discutir el uso de los medios de comunicación públicos.
¿Cuál es su asignatura pendiente?
No tengo espinas clavadas. No acertar en algo en un momento determinado no es un problema. Hay cosas que sabes que podrían haberte cambiado la vida sin pensar si era mejor o no. A veces pienso en el tema de la maternidad, pero no es una espina clavada. Por eso se me ocurre, por ejemplo, la idea de las abuelas adoptivas. Así que, podemos pensar en la idea. Es una determinada actitud. Claro que hacemos cosas mal en la vida o nos equivocamos en el carácter. Pero no hemos sido acomodaticios.

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