El título del espectáculo nos da una pista de la orientación del mismo. Apunta varios aspectos que recorrerán todo el montaje: el tema bíblico, la lucha, la resistencia, la decadencia. A través de tres personajes, Carlos Fernández nos habla de la barbarie de la sociedad, de la crueldad del ser humano, de la búsqueda de otra forma de vida, de la imposibilidad de cambiar las cosas, de la necesidad de soñar... aunque quizás el más recurrente es la idea apocalíptica de la vida. Estamos condenados a la destrucción, por más que estos tres personajes, o alguno más, se empeñen en aportar un ápice de esperanza o una chispa de ingenuidad.
El planteamiento del montaje es discursivo. Es decir, la palabra arrastra a todos los demás elementos siendo el epicentro del espectáculo. Ni los actores, ni la iluminación, ni el espacio escénico, nada hace sombra a la oratoria que se impone en escena. Una retórica que viene dada por dos flancos: por los actores, que en algunos momentos se convierten en transmisores de ideas sin llegar a hacerlas suyas ; y por el propio Fernández, que se encarga de leer unas acotaciones quizás demasiado espesas que rompen el ritmo del espectáculo. En ocasiones esas acotaciones aportan poesía a la obra o esclarecen alguna escena, pero también le restan teatralidad.
Hay determinadas escenas cuyo equilibrio parece más acertado y esto se traduce, sobre todo, en una mayor presencia actoral. En esos momentos se atisba lo que nos estamos perdiendo: una obra con una estructura atractivacon un mensaje de calado, con unos actores inmensosÉ Pero que se ve empequeñecida por ese huracán lingüístico. Es cierto que la palabra puede ser poderosa en escena y que la estética de Carlos Fernández se caracteriza por la acción del decir. De hecho, en Ángeles resisten al atardecer hay momentos mágicos, en los que nos dejamos llevar por ese canto de sirena que nos empuja incluso a contener la respiración. Pero también existe el riesgo de que las palabras devoren la obra.