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Fiebre del sábado noche
Int.: Juan Pablo Di Face, Beatriz Ros, Zenón Recalde, Isabel MalabiaÉ Dirección: Karen Bruce. Producción: Stage Entertainment. Teatro Olympia.
Tenía cierto interés por ver este musical. Sólo por recordar viejos tiempos. Recordar mi radical rechazo al filme del que se basa (estrenado en 1977) y que lanzó a la fama a John Travolta. Pensar de nuevo aquello, desde hoy, permite reencontrarse con el fenómeno de la aparición de la llamada música disco, y lo que ello representó en nuestra transición pocos años antes de la aparición de la nefasta movida madrileña.
En muchos sentidos, esta película representó el comienzo de la era del vacío, un nuevo estado de ánimo reinante en el mercado juvenil, lo que el ensayista Tom Wolfe denominó "la generación del yo". En parte como reacción al radicalismo de los 60, y en parte como respuesta a la recesión económica, comenzando así un marcado retorno al conservadurismo del que seguimos inmersos de alguna manera.
La discoteca se convertía así en el entorno y el emblema del joven desorientado impuesto por la industria cultural. La discoteca como refugio, como hedonismo puro. ¿Qué queda de todo aquello aparte de la famosa imagen de John Travolta? Restos del naufragio, restos convertidos en un simple divertimento teatral que ya nadie discute, más allá de su resolución teatral. El mercado ha asumido casi todo.
Esta versión respeta en parte el guión original de la película, es decir, insulso e incongruente. De todos modos el montaje ofrece una estética muy cuidada que se agradece (escenografía, iluminación, vestuarioÉ), lo mismo que volver a recordar las canciones de Bee Gees (Stayin Alive, Night Fever, How deep is your loveÉ) y, sobre todo, un notable talento general para el baile y el canto. En especial, Juan Pablo Di Face interpreta un notable Tony Manero actual.
Un personaje ya lejos de su leyenda, y convertido en un cromo del pasado; lo mismo que el espectáculo, cuyo disfrute es en directo, porque al acabar le ocurre como a las cintas de Misión imposible: se autodestruye (su memoria) en cinco segundos; salvo, claro, el vitalismo vivido gracias a un elenco que imprime muy buena letra y potencia a los bailes.