Sus organizadores sabrán por qué, este año el Mesías "participativo" de Valencia se ha celebrado en el Palau de Congressos. Su acústica no puede ser más contraindicada para la música en general y para esta versión de la obra en particular. El escenario sin caja se lleva el sonido hacia arriba, no lo proyecta a la sala.
Cuando se quedaban solos, a los cantantes e instrumentistas del Concerto Italiano se les percibía en la lejanía; nada en absoluto cuando intervenían las masas de coristas aficionados, los cuales por otro lado ni empastaron ni podían empastar bien.
Hace tres años, Juan Luis Martínez situó la orquesta en el patio del Principal y al coro profesional sobre el escenario: probablemente fue la mejor solución, a pesar de la considerable reducción del aforo que implicaba.
Por lo demás, la interpretación no llegó a prender la chispa de la emoción más que esporádicamente. Desde luego, Alessandrini transmitió cualquier cosa menos espontaneidad, optó normalmente por tempi muy lentos y sus músicos se limitaron a dar las notas sin más. Bueno, en The trumpet shall sound el trompeta ni siquiera eso: falló unas cuantas y abrevió las tenidas; de lo que hizo en el Aleluya no se puede opinar, pues no se le oyó.
Las partes solistas fueron desempeñadas por casi todos los miembros del coro por turno, una opción que desde luego abarata costes pero también provoca inconsistencia. Defecto bastante frecuente fue la sensación de que eran ellos los que acompañaban a la orquesta, no al revés. También la poca gracia para los embellecimientos.
La mezzosoprano, que resultó ser la famosa Sara Mingardo, puso la excepción. En el Mesías de hace nueve años Palau de la Música tuvo que pechar con la aún peor dirección de Miguel Ángel Gómez Martínez; luego sí brilló en el Orlando de Haendel con McCreesh (2001) y, como Mensajera y la Esperanza, en el Orfeo de Monteverdi, ya con el Concerto Italiano (2007). Aquí cantó todos los números para contralto, entre ellos un He was despised verdaderamente memorable.