L
o de la nieve no deja de ser una situación pintoresca por estas latitudes. Las olas de frío suelen visitarnos cada dos por tres y, a veces, coincide con que nos nieva. Lo que sí está claro es que no nos hallamos preparados para los inconvenientes que esto conlleva. Porque queda muy mono que amanezcan blancos los tejados, los árboles y las montañas, pero los problemas desplazamiento son tales que, desde mi punto vista, anula la calidad de este meteoro.
La nieve queda muy bien para verla en la tele, de la misma manera que el fumar debería convertir en un elemento más del cine clásico "made in USA", como ayer sugería Antonio Vegara en este periódico: "El tabaco, en el cine, si los fumadores se llaman Robert Mitchum, Humprhey Bogart o Barbara Stanwyck".
No sé si las bajas temperaturas están contribuyendo a que cada vez sean más los que piensan que lo del cambio climático no es tanto como algunos aseguran. Porque, claro, si lo del calentamiento de la tierra se produce con episodios de una ostensible frialdad, la cuestión puede entrar en una dinámica en la que la duda forme parte del paisaje.
La duda siempre es aconsejable, a no ser que se sea clérigo y le puedas desmontar la paraeta dogmática. Como también resulta aconsejable el sentido común, primo hermano de la lógica y de la razón, algo de lo que cada día se echa más en falta en esta sociedad que va en picado hacia la estupidez absoluta como si de una nuevo nirvana se tratara.
Porque ya me diréis qué nombre ponemos a quienes, para negar el cambio climático, argumentan que el Al Gore -ese que no llegó a presidente de EE UU porque el George Bush se lo tenía muy bien arreglado en Miami- viaja en avión particular y contamina. Con lógicas así llegaremos lejos.
Nadie puede negar la existencia del maltrato que el Homo Faber (no me atrevo, en este caso, a llamarlo Sapiens) lleva a cabo con el planeta. De un tiempo a esta parte, la contaminación ha alcanzado cotas preocupantes, pero la costumbre hace que convivamos con ella con la mayor naturalidad, como convivimos en el restaurante con los fumadores compulsivos.
Lo que está sucediendo es que, pese a los humos de la inmensa mayoría, la Naturaleza no ha dejado de ser sabia. Por eso nos permite que nos estemos adaptando positivamente a las nuevas circunstancias: un terrícola extraído hipotéticamente del siglo XIX no aguantaba en nuestra atmósfera ni dos días.
El ser humano, animal depredador por excelencia, incapaz de erradicar la pena de muerte en todo el orbe, continuador de una historia bélica que no le produce demasiado sonrojo, se siente -encima- satisfecho de su magnífico progreso.