Nacido en Londres en 1972 (el año de fundación del cuarteto), Daniel Rowland es, desde 2007, el segundo violín primero con que el Brodsky ha intentado sustituir a Michael Thomas, desgajado del grupo a comienzos de la década que concluye. Su timbre sensiblemente más abierto que el del resto afecta de manera negativa al empaste, elemento vital para un instrumento tan unitario como es el cuarteto de cuerdas. La actuación con que la nueva alineación se ha presentado en el Palau de la Música resultó modélica de principio a fin en todos los demás aspectos salvo por las sonoras patadas del recién incorporado en el suelo y la pertinacia de alguno de los músicos de buscar la nota de ataque con un pizzicato "de apoyo". Si consiguen corregir estas feas costumbres y una mayor uniformidad cromática, no tardaremos en poder hablar de la plena recuperación de un excelente conjunto de cámara. La mala noticia es que esa fue aproximadamente la misma impresión que produjo el antecesor de Rowland.
De Stravinski, siempre más complicado que complejo, se interpretaron dos obras, el Concertino y las Tres piezas, con máximo grado de ajuste. Sirvieron de pórtico a sendas páginas mayores de Beethoven y Chaikovski.
El Primero de los Razumovski optó por una versión bastante más melodramática de lo normal, especialmente en los Allegros extremos. De hecho, su mismo arranque, con el seductor color oscuro y hasta nasal del violonchelo de Jacqueline Thomas, sonó por ejemplo muy a Dvorak. Del (este sí) complejo Allegretto se exploraron todos los recovecos sin excepción. En el Adagio, sólo en su mismo final se pudo desear un punto mayor de suspensión.
El Opus 11 de Chaikovski constituyó una explosión de perfumes a cuál más fragante. De nuevo, el primer movimiento y el último discurrieron con una progresión de intensidades perfectamente construida. El Andante, con la sordina en todos los instrumentos difuminando el problema tímbrico señalado, aún resultó más encantador. La tersa fluidez con que se movió el Scherzo remató en un diminuendo de embeleso. El público que llenaba la Rodrigo aplaudió con fuerza y obtuvo como propina un Shostakovich marca de la casa.