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HEMEROTECA » |
Hace unos días, en esas sobremesas de sillón y mesa camilla, amodorrado, con la lectura resbalándose entre las manos, abrí el ojo y vi a un tipo en la pantalla que parecía hablar en voz baja, no porque tuviera el volumen a cero sino porque sus gestos, su manera de mirar, su cabeza inclinada, me llamaron la atención. Estaba rodeado de frondosas ramas de árboles que no se ven por aquí. Le di volumen. El hombre estaba en la selva amazónica de Perú, escondiéndose de algo. Hablaba de los lamederos de arcilla. Jamás había oído hablar de que existían lamederos de arcilla, y mucho menos, comprobando de nuevo que mi globalizada ignorancia se agiganta, que a esos lamederos acuden en tromba y con gran estruendo los guacamayos de la selva amazónica del Perú. El narrador y presentador, al estilo del naturalista británico David Attenborough, esperaba oculto en una cabaña de palos y horajasca la visita de los guacamayos al balate de arcilla picoteada donde éstos encuentran las sales minerales que necesitan para neutralizar las toxinas de su dieta. Los colores fascinantes de esos loros de plumas maravillosas, su personalidad asustadiza y precavida, el parloteo mañanero, los árboles gigantes, las frutas, todo su mundo, lo que necesitan para vivir estaba allí, en apenas unos centenares de metros cuadrados. Estos animales no bajan a los lamederos hasta que están seguros de que no hay peligro, porque saben que el zarpazo de un depredador que baja del cielo como una bala es el final, y por allí abundan de todo tipo, incluyendo al hombre. Los guacamayos, escarmentados, hasta han aprendido los reclamos de los cazadores, que dejan cintas rojas sobre la tierra como si fuera un loro picoteando la arcilla. Y cuando lo ven no bajan.
La naturalidad. Con paciencia y delicadeza, Jake Willers salió de su escondite y logró estar de pie a unos metros de aquel caótico, bullanguero y colorido mercadillo de sal en plena selva a pesar de que el guacamayo es capaz de advertir la amenaza de un halcón a más de un kilómetro, y cuando esto ocurre dejan de lamer, levantan el cuello, y se quedan quietos. Estos seres extraordinarios están muy cotizados como sabemos. Son carne de mequetrefes que los compran como mascotas para enjaularlos y tal vez consigan la monada de decir al llegar a casa un invitado, hola, hijo puta. Los guacamayos chillan como niños malos, pero hay que hacer como Jake Willers, mirarlos y dejarlos allí, y en todo caso, grabar sin molestar. Es curioso cómo este hombre, en ese reportaje de La 2 del que hablo, registró como un triunfo estar a unos treinta metros de esa parva de animales casi diminutos comparados con los gorilas de Jane Goodall, a los que ésta tocaba como si fuera una más. Terminó ese reportaje, y casi enlazado, cuando ni siquiera habían acabado los créditos, apareció la selva del Congo y una comunidad de chimpancés que habían hecho el camino inverso al que someten a los guacamayos, que casi nunca tienen retorno a su hábitat. Un grupo de científicos, realizando el reportaje Pierre Stine, trasladaba de la cautividad de los zoos a los animales hasta su origen en la maleza salvaje. Me asombró la naturalidad con que los chimpancés se acostumbraban a su nueva vida, y me asombró la naturalidad con la que aceptaban la presencia de la cámara, que casi rozaba sus ojos, sus espaldas, siguiendo sus movimientos, sus relaciones, el rito social del acicalamiento, una cámara indiscreta que se convertía en testigo de los abrazos casi humanos que daban los ya asentados a los chimpancés recién llegados.
Gran Hermano. Claro que es lógico pensar en Gran Hermano, aunque es verdad que sin el estorbo faltón de Mercedes Milá, que por mucho que la cámara diera tumbos, saltara de una rama a otra, y sobrevolara las camas aéreas de nuestros primos no salía, o al menos yo no la reconocí vestida de fallera. Sin embargo, siendo parecidos, el Gran Hermano chimpancé que nos ofrecía el reportaje francés era mucho más entretenido, y él sí, un auténtico experimento sociológico. La agresividad, la recolocación de los equilibrios de poder, la reestructuración jerárquica, los miedos, los recelos, la aceptación del recién llegado, el logro final de la cohesión de la comunidad , todo un abanico de conductas de las que muchos humanos tendrían que aprender. En los chimpancés no existe la traición. Así es que cuando uno, ya en otra pantalla, escucha lo que escupe por su boca la sobrina de Isabel Gemio contra su tía, uno quiere ser guacamayo, o chimpancé. Me niego a reproducir la vomitera de la señora en directo, crecida bajo los focos, jaleada por la tropa de Sálvame, cazadores sin alma capaces de disparar a un objetivo ausente en ese lamedero de veneno. Comparando, hasta la impúdica presencia de Lolita Flores en el lamedero de Jaime Cantizano dando detalles de su cáncer de útero resultó digerible.
Redes. Qué nos queda. Disparo por arriba. La poesía. La ciencia. Y el humor. O sea, Eduardo Punset, Redes. La pasada semana habló con el cosmólogo ruso, Alexander Vilenkin. Apenas podía seguir la conversación de los sabios, pero su atracción era tan poderosa como el corazón de las tinieblas. Hablaban de los misterios del Universo, de inflación eterna, de gravedad repulsiva, de regiones vacías, de expansiones aceleradas, de que cada día nace un universo dando lugar al multiverso. Un Big Bang continuo. Que no estamos solos. Que por ahí hay mundos paralelos, y que Punset podría ser un taxista cultivado y Andréu Buenafuente un cura que le pide que le lleve al arzobispado temiendo quedarse en el paro porque «el tema de Dios, en este universo, está aparcado», decía el taxista, perplejo de que todavía existiera una antigualla obsoleta como un arzobispado. Recuperen Redes en rtve.es. Es la sal mineral que necesitamos como espectadores para neutralizar las toxinas de una dieta rica en venenos muy tóxicos. El lamedero de La 2 no falla.
Con humor
Antena 3, por la tarde, en lo de Cristina Lasvignes, ha tirado la casa por la ventana riéndose de sí misma. Están ahora recordando los inicios, y van 20 años. Apagones en los informativos, conexiones que no entran, cámaras remolonas, micrófonos que se caen, maquilladoras que se tiran al suelo para no salir al aire, y hasta José María Carrascal. Es una divertida sección que presenta, y bien, Óscar Martínez, a ver si cuaja por fin.
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