Obras de Ravel, Ibert y Roussel
Palau de la Música (valencia)
De Yaron Traub. Int. Salvador Martínez (flauta) y Orquestra de València.
El programa de este monográfico de música francesa diríase pensado con el fin de reivindicar a un par de compositores menos conocidos, Ibert y Roussel. La comparación que en él se permitió establecer con el Ravel de Mi madre la oca dejó, sin embargo, bastante inalterado el escalafón. Esta composición fue, de hecho, la única en que se pudo verdaderamente calibrar la capacidad de la orquesta y de su titular para trascender la mera literalidad de las notas escritas. El resto sonó estupendamente, pero con un material que no permitía ir mucho más allá de la apreciación de un fenomenal grado de competencia técnica y ajuste tanto en la orquesta como en el director para traducir en sonidos unas partituras con un techo de musicalidad mucho más bajo.
En absoluto empañó esa limitación los méritos contraídos por el actual primer flauta de la orquesta, Salvador Martínez (Manises, 1968), en el Concierto de Ibert. Con el punto justo de liquidez en el timbre y de calidez en el vibrato, resolvió sin problema alguno todas sus considerables dificultades mecánicas, con además un fraseo de encantadora sensibilidad para dotar de su correspondiente gracia lo mismo al Andante central que a la casi tarantella conclusiva. Claro que la propina ofrecida, Syrinx de Debussy, volvió de nuevo a establecer la diferencia entre la música para tocar y la música para interpretar.
No fue este el único solista que se lució en la velada. Antes, en la aterciopelada versión de los cuentos ravelianos se había insertado una deliciosa descripción del desamparo de Pulgarcito a cargo de Juan Bautista Muñoz Gea al corno inglés. Luego, en las Escalas de Ibert, estuvieron también magníficos la flautista María Dolores Vivó al comienzo de la primera, Roma-Palermo, y el oboísta Roberto Turio en toda la segunda, Túnez-Nefta.
El final de esta obra, Valencia, y toda la segunda suite del ballet Baco y Ariadna de Roussel se propulsaron con una incisividad que si nunca pecó de exageración fue gracias al riguroso control que en todo momento se mantuvo sobre la combinación de colores y el equilibrio de las intensidades.