Cuando en mayo de 2003, un mes antes de cumplir los veinte años de edad, se presentó en la Rodrigo, Lang Lang era la promesa de moda en el panorama pianístico mundial. A los pocos que asistimos a aquel recital no nos ha extrañado que ahora haya vuelto al Palau, esta vez ya como figura estelar para llenar hasta la bandera la Iturbi.
Como hace siete años, ni de lejos caben en una columna de periódico los motivos para el asombro vividos en apenas dos horas. El comienzo mismo de la Tercera de Beethoven fue el de una exhibición deslumbrante por una parte de equilibrada combinación entre el rigor métrico y la libertad agógica, por otra de precisión reguladora puesta al servicio de una desbordante imaginación dinámica. Un detalle en principio tan recóndito como, en los compases 77 y siguientes, la sucesión entre la reciedumbre de los acordes piano y la delicadeza de los pianissimo debería ponerse como modelo de interpretación en los conservatorios. El Adagio arrancó lentísimo pero con la máxima tensión como preparación a la marcha fúnebre del segundo tema, todo envuelto en unos colores sabiamente calibrados con la pulsación y el pedal.
La sensación de estar oyendo más lo imaginado que lo efectivamente compuesto por Beethoven y, por tanto, más fiel a su espíritu por cuanto exacto en la reproducción de su letra se mantuvo incluso en un Scherzo en el que sólo se repitió la primera parte del trío. También en una Appassionata en cuyo Allegro assai a todo lo anterior se añadió la facilidad para independizar y al mismo tiempo hacer coherentes los motivos melódicos y los tremolantes bajos, cada línea con su correspondiente intensidad.
El primer libro de Iberia se leyó con timbres cristalinos desde la perfumada Evocación (con su primero aceleración y luego retención igualmente oportunas en el clímax) hasta las campanas lanzadas al vuelo en el Corpus. Sólo desde un purismo que haría imposible el abordaje de cualquier repertorio salvo para los respectivos autóctonos podría formularse aquí algún reproche.
No lo mereció tampoco la Séptima de Prokofiev. Si acaso, bien al contrario, el elogio por haber conseguido que su final resultara tan impactante o más que otras en las que la integridad del teclado se siente en constante peligro.
El primero de los Estudios op. 25 de Chopin y las Nubes flotantes, del propio Lang, prolongaron una actuación que ya queda inscrita con moldes de oro en los anales de este auditorio.