E
n medio siglo han pasado muchas cosas; también en el universo bibliográfico dedicado a la teoría artística. A nivel académico, cabría constatar la notable diferencia entre la Historia del Arte de Diego Angulo Íñiguez -libro de texto de la correspondiente asignatura impartida por don Felipe María Garín y Ortiz de Taranco a finales de los cincuenta-, y Principales itinerarios artísticos en la plástica y arquitectura del siglo XX. Una aproximación a la teoría del arte contemporáneo, de Wenceslao Rambla, recientemente editado por la Universitat Jaume I.
Hace medio siglo, en la primera planta del viejo edificio de la calle de la Nave, había quien leía La Náusea de Sartre; y también, el diario Marca. Los interesados por el arte, habíamos intentado leer a Eugenio D'Ors y al Marqués de Lozoya, sin demasiado provecho. Algunos se internaron en textos de estética marxista, sin demasiado éxito, porque la cosa era más compleja de lo que pudiera parecer.
Personalmente puedo confesar que me había sido más útil la lectura de dos libros editados por Espasa Calpe: Conceptos fundamentales de Historia del Arte de Heinrich Wölfflin, y Filosofía del Arte de Hipólito Taine. Al mismo tiempo, se hacía objeto de culto, sin entenderlos demasiado, de De lo espiritual en el arte y Punto y línea sobre el plano, más que nada por tratarse de textos escritos por un creador como Bassily Kandinsky.
Historia del Arte en España (1972), de Valeriano Bozal, marcó un hito. Por primera vez, accedimos a una narración con lenguaje y criterios próximos. Fue un tiempo magnífico después del periodo oscuro, pues se empezaron a editar muchos y buenos libros de teoría artística, como los Gillo Dorfles, Umberto Eco y Giulio Carlo Argan. Los italianos estaban de moda.
Ni que decir tiene que me he quedado corto en esta relación bibliográfica: hay más autores que han satisfecho las apetencia de la inmensa minoría. Pero dejemos este itinerario, más apuntado que subrayado, para hacer referencia a la aportación de Wences Rambla, ese acercamiento al mundo plástico y arquitectónico de la postrera centuria, en el que no faltan las reflexiones en voz alta, como si el profesor castellonense estuviera dirigiéndose a sus alumnos, algo que apunta Román de la Calle en el prólogo.
A mi juicio, estamos ante un sugerente libro de consulta, con una calculada selección de reproducciones; libro que se debe tener a mano, para leerlo poco a poco, mientras se toma nota de alguna idea sugestiva, como esa que dice que "el arte no puede seguir siendo estudiado como una sucesión de estilos". Una reflexión que daría para otro volumen de 802 páginas.