J. Jansen y Concertgebouw
palau de la música de valencia
Janine Jansen (violín) y Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam. Director: Mariss Jansons. Obras de Sibelius y Rachmaninov. 8 de febrero.
Ni el Concierto para violín de Sibelius ni la Segunda sinfonía de Rachmaninov parece probable que ganaran concurso alguno, siquiera en sus respectivos géneros, sobre la música que un melómano se llevaría consigo a la isla desierta. Relativamente vacío aquél, absolutamente pesada, farragosa, repetitiva, inacabable ésta, su audición por separado hace ya casi imprescindible contar con grandes intérpretes para ser tolerable; táchese el «casi» cuando se oyen consecutivamente.
En el Palau ambas páginas han gozado de una suerte extraordinaria. Al concierto se la ha dado Kavakos en dos ocasiones (más otra en Les Arts), cuando mejor el año pasado con Filadelfia y Eschenbach. De la sinfonía se recordará sobre todo a Previn al frente de la Filarmónica de Oslo en 2003. Contar con la violinista Janine Jansen (Utrecht, 1978) y la Concertgebouw dirigida por Mariss Jansons (Riga, 1943) constituía toda una garantía que no sólo no quedó defraudada, sino que a punto estuvo de reconciliarnos con las dos obras.
Las tres visitas de Jansen que con esta se cumplen han producido una satisfacción creciente a partir de un nivel muy alto. Comenzar con un violín emergiendo así del mismo silencio pero ya con ese poderío (que no fuerza) y esa redondez constituyó en sí una experiencia que bien podría haber valido por todo el resto de no ser por la conmoción que a continuación produjo el llanto de las dobles cuerdas. El equilibrio y ajuste con el acompañamiento dieron empaque al Adagio antes de la desbordante imaginación que inundó un Allegro conclusivo trepidante sin precipitación, saltarín sin atropello, juguetón sin remansos. La Zarabanda de la Segunda partita de Bach fue la única propina, pero por la voluntad del público que volvió a llenar la sala podían haber sido varias más.
La sexta actuación de Jansons y tercera de la Concertgebouw en la Iturbi se remató con otra versión igualmente inapelable. En principio con buen juicio, se omitió la repetición de la exposición del primer movimiento y se abreviaron la del primer tema del final y su recapitulación, pero con tal grado superlativo de excelencia en la orquesta y el director incluso la integridad de la partitura se habría sentido como corta. La manera en que se mantuvo el tono sonoro en el poco ritardando y diminuendo de piano a pianissimo en el compás que en el arranque del Adagio lleva al solo del clarinete (magnífico este además, como todos sus compañeros) fue un destello de magisterio supremo entre los infinitos que se podrían mencionar.
El Vals triste puso broche de oro a una velada de triunfo sin resquicios.