Lo leí la semana pasada en estas páginas: «Arcadi Blasco lleva a juicio a El Campello por el deterioro de una obra». Se trata de una escultura que había sido ubicada dentro el agua, en la orilla del mar; una columna cerámica en homenaje al pescador que ha quedado sin la base acuática con que fue concebida, debido a la ampliación de la arena de la playa. Colocada en 1990, simbolizando la proa de un barco, junto con otra pieza, que sería la popa, ubicada en el centro de la localidad, en un estanque -hoy sin apenas agua y rodeada de basura-, ambas deberían comunicarse por un láser, pero su funcionamiento duró bien poco.
Esta situación me ha recordado el monumento erigido al principio de la avenida de Aragón, una suerte de mascarón de proa, obra de Ramón de Soto, la cual, con la presencia de una llama perenne de gas, debería recordar a las víctimas de la riada del 57. La llama se apagó al poco tiempo y no volvió encenderse; las malas lenguas aseguran que el monumento pasó a inmortalizar el agua mineral, con gas o sin gas.
La parroquia de Santiago Apóstol, en el barrio de Marxalenes, fue diseñada con elementos escultóricos creados por Amadeo Gabino. Entre esos elementos, había una cruz metálica que un día desapareció: en su lugar, en un crucificado sangrante, al estilo de las imágenes de los desfiles de Semana Santa. Hablé con don Onofre, a la sazón cura párroco, interesándome por el paradero de la cruz de Gabino: la había colocado en el coro –para que no se viera, supongo- y, en su lugar, instaló la talla de madera –que no pegaba con el resto- porque «inspira mayor devoción» a las beatas, supongo.
Siempre se lo oculté al escultor valenciano que, residiendo en Madrid, pocas ocasiones tenía de acercarse a ver su trabajo en ese templo. Pero la cosa no quedó ahí: la pieza principal del altar mayor la constituía un relieve de planchas –el aluminio y el acero eran sus materiales habituales- entrelazadas con apariencia –siempre me pareció así- de escudo medieval. Hoy no se aprecian los materiales. El lenguaje de los metales ha sido literalmente cubierto por la pintura, zonas cromáticas planas, que ofrecen una apariencia de escudo de equipo de fútbol.
Gabino se interesó por su obra cuando permaneció unos días en Valencia con ocasión de la exposición que, en 2000, le comisarié en el IVAM. Le eché largas al tema y conseguí que no se acercara por la iglesia. No quiero ser negativo, pero, si hubiera visto lo que se ha hecho con su trabajo, le hubiera dado un síncope. Ahora, fallecido en 2004, no tengo ningún reparo en contarlo.