Decía Ortega y Gasset que una de las funciones del arte es la de crear novedades. El festival VEO (València Escena Oberta), cuya octava edición finalizó ayer domingo, no crea novedades, sino las muestra. Salvo, claro, sus propias producciones. Y ése es, pienso, uno de sus mayores alicientes para que el certamen se haya infiltrado, en pocos años, en la piel de un espectador, sobre todo, joven.
Nuevos lenguajes que nos recuerdan a W. Benjamin. Difícilmente este pensador, cuando diferenciaba el hecho escénico como único y auténtico, del de las nuevas artes de reproducción masiva, podía imaginarse que el teatro se replantearía tan radicalmente. Porque, otro de los asuntos que nos muestra el VEO es que estos medios de reproducción (filmaciones, etc.) se han integrado en las escena. Representación, corporeidad, performatividad, realidad virtualidad, ficción, emoción… El problema –o el placer para muchos? es que predomina el tono lúdico, aunque, esa vez, he percibido, en general, algo más, no mucho, de posicionamientos éticos.
En esta ocasión, la motivación de la programación ha sido la dialéctica realidad y ficción, aunque podríamos añadir otra, la itinerancia de algunos de los espectáculos más emblemáticos, como el que abrió, Mi camiseta, sus zapatillas, tus vaqueros (deseos, sexo, contradicciones sentimentales, y un descubrimiento, la actriz Lorena López), del valenciano Gabi Ochoa. Del mismo permanece tatuado en el cerebelo no sólo la historia sentimental de cuatro personajes, sino los tres espacios a los que el espectador asistió a modo de excursión teatral. Especialmente rememorable es el momento donde la acción trascurre en el Mercado de Campanar. Y ya he hablado estos días de Tierra de nadie, una experiencia individual a partir de una especial relación con el otro (con un o una inmigrante). Y es una lástima que esta gran idea teatral y vivencia no pueda ser más mayoritaria, y sean los concienciados a los que se les pregunta: «¿eres tan hospitalario como piensas?».
Y en esta hora de conclusiones aparece de nuevo Obludarium, un goce para los sentidos. Así como ese viaje teatral al corazón de una sociedad secreta (Les Gûmes). Y si apuramos, lo último de Loscorderos, El mar menor. Esto es, fisicidad y hasta animalidad. Aunque su mal mayor sea un texto que no termina de tomar forma y se queda más en una búsqueda que en conclusiones, o mero trasvase de subjetivismo. Lo mismo que Sónia Gómez, magnífica bailarina, maravillosa actriz, pero su espectáculo no alcanzó potencia textual. Todo lo contrario que That nigght Follows Day, un entonado texto que describe lo que piden los adultos a los niños. Y, precisamente, son niños los protagonistas de este espectáculo coral, perfectamente trabajado (menudo faena, la de conjuntar las voces). Faltó, pienso, un punto de mayor espontaneidad.
En fin, dudas y aciertos; imágenes, sensaciones, y nuevas estrategias narrativas y comunicativas.